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Porque ya lo hice by Jacqueline Romero

                                                                              I La camioneta roja ruge bajo mis manos como si compartiera mi furia. No manejo: arrastro el mundo bajo las llantas. El cigarro arde entre mis labios, y el humo me quema la garganta, pero lo sostengo como si fuera la última chispa de cordura que me queda. En cada bocanada siento un veneno que me despierta más, que me recuerda lo que me hicieron. Jugaron conmigo, con mis ganas, con mi fe. Me lastimó, un ensayo barato de amor. En el retrovisor, mi rostro ya no es el de siempre: es una mueca de odio, de hambre, de sed de justicia torcida. El espejo me devuelve lo que soy ahora: una bestia acorralada que aprendió a mostrar los dientes. ¿A quién estás pensando matar? Me pregunta mi reflejo. Mis armas: una cuerda que descans...

El veneno en el cigarro by Itzanamy

Hoy como cada mañana, me encuentro frente al espejo, mirándome a mí misma con una seguridad que antes no tenía. Después de tantas noches de darle vueltas, por fin estaba decidida a hacerlo. No había marcha atrás. Había pasado días planeando cada detalle y aquella tarde, en una vieja camioneta roja estacionada en la esquina, conseguí lo que necesitaba: un pequeño frasco con veneno. Desde hacía semanas había pensado en cómo hacerlo. Muchas ideas me parecieron arriesgadas o demasiado ruidosas. Pero entonces recordé su costumbre inquebrantable: cada noche, antes de dormir, él encendía un cigarrillo en el mismo sillón de siempre, y lo consumía lentamente, como si fuera parte de un ritual sagrado. No había mejor manera de lograrlo. Bastaría con impregnar el veneno en ese cigarro que dejaba sobre la mesa, listo para la noche. Así, no sospecharía nada. El plan se fue formando en mi cabeza con precisión. Después de que lo fumara, la debilidad lo dominaría poco a poco. Entonces, yo tendría todo ...

La cura by Javier García

Julián siempre había sido un hombre retraído. Casi sin familia, con pocos amigos, se deslizaba por la vida sin llamar la atención. Era el tipo de persona a la que apenas se recuerda después de hablar con ella. Sin embargo, bajo su aparente docilidad, guardaba un odio silencioso hacia los demás, y un desprecio feroz hacia sí mismo por permitir tanto maltrato. Durante años se sometió a las burlas, a los favores forzados, a los desprecios cotidianos. Accedía a todo como si al decir siempre “sí” pudiera acallar el rencor que lo devoraba, un disfraz de amabilidad para ocultar su hostilidad. El doctor García lo llamaba una defensa. —Supongo que sí, doctor. Supongo que sí… Pero la angustia nunca cedía. Llegó un momento en el que la presión en el pecho y el nudo en la garganta lo convencieron de que no había salida. Aquella noche, en su habitación, ató una cuerda al techo e intentó colgarse. El cuerpo se estremeció en segundos, pero el instinto lo traicionó: aflojó el nudo y cayó al suelo, res...

El susurro de Poke

 Paula era una niña de diez años: brillante, bonita y con una curiosidad que parecía no tener límites. Le gustaba jugar a las muñecas, inventar historias de princesas y dragones, o trepar árboles hasta donde sus pequeñas manos pudieran sostenerla. En todas esas aventuras había alguien más: Poke. Un amigo imaginario que, según ella, la retaba a hacer cosas extrañas: correr de manera absurda, saltar sin control, o probar su valentía con juegos cada vez más peligrosos. Sus padres no le daban importancia. “Es normal que un niño tenga un amigo imaginario”, decían. Pero a los diez años, algo en esa normalidad empezaba a quebrarse. Todo comenzó cuando me llamaron, yo, su psicólogo. La preocupación vino después de que Paula intentara matar a su canario apretándolo con ambas manos hasta casi asfixiarlo. Cuando le pregunté el motivo, respondió con calma: —Tenía curiosidad. Quiso sonar inocente, pero en su mirada había algo distinto. Sus enormes ojos azules me atravesaron como agujas frías; s...

Dosis incorrecta by María Fernanda Aguirre

 Gabriel tenía 22 años y vivía con sus padres en una tranquila residencia. Era una familia sencilla, cada mañana, su madre le preparaba un nutritivo desayuno acompañado de su característico licuado de plátano con un “no se que” que lo hacia tan especial. Gabriel… siempre fue diferente, por decirlo de una manera, no tenía amigos, era muy distraído y rara vez recordaba las cosas. Aun así vivía pleno, hasta que su tranquilidad se vio interrumpida hace ya 2 meses, cuando llegó a la residencia la nueva vecina. La señora Sofía, él la describía cómo una bruja, despiadada y horrorosa. Desde su llegada, el ruido comenzó: golpes de muebles en plena madrugada, pisadas pesadas, una radio encendida a todo volumen sin razón aparente. Fumaba cigarro tras cigarro, lanzándole el humo casi en la cara. Como su ventana daba justo enfrente a la de Gabriel, por las noches, arrojaba puñados de tierra dentro de su habitación. Si encontraba la ventana cerrada, no dudaba en cruzar el jardín, abrirla y espac...

¿A quién estás pensando matar? by Yuliana Serralde

 La camioneta roja estaba estacionada frente a la casa, el motor apagado, pero el silencio que irradiaba de ella parecía gritar lo inevitable. En el asiento trasero descansaban un cuchillo, una cuerda y una pala. Todo estaba preparado con una precisión que daba miedo. Xóchitl encendió un cigarro y observó su propio reflejo en el espejo retrovisor. Apenas se reconocía. El rostro endurecido que veía no era el de la amiga confiable y sonriente que todos conocían; era otro, más oscuro, más frío. —Siempre fuiste la favorita —murmuró con resentimiento. Se refería a Amanda, su mejor amiga desde la infancia. La amiga perfecta: bonita, querida, exitosa. Cada logro de Amanda era como un cuchillo que se le clavaba en el pecho, recordándole lo que ella nunca pudo ser. La envidia había crecido lentamente, como un veneno invisible que al final se volvió insoportable. Esa noche, Amanda subió confiada a la camioneta roja. No sospechaba nada, no podía: ¿quién desconfiaría de su mejor amiga? Hablaro...

¿A quién estás pensando matar? by Arturo Vilchis

 Era la una de la mañana en un lluvioso agosto de 2027. En la escena del crimen, se encontraban los restos de un oncólogo recién jubilado yacían apilados en bolsas negras, algunas con dedos, manos, dientes, orejas como si hubieran cortado extremidades de una por una. Su cuerpo mostraba evidentes signos de tortura antes de ser asesinado. Los agentes de policía se encontraban perplejos, preguntándose por qué, de entre todas las personas, la víctima había sido un oncólogo. La pregunta resonaba en sus mentes: ¿qué había hecho él para merecer tal brutalidad? A pocos kilómetros de allí, encontraron una camioneta roja abandonada. Dentro, los investigadores hallaron colillas de cigarro con el ADN del doctor, un cuchillo ensangrentado, una pala cubierta de tierra que coincidía con la del lugar del crimen, cuerdas y en unos de los espejos, una nota escrita a mano: “Pudiste ayudar a todos, pero preferiste verlos sufrir en lugar de sugerir nuevos tratamientos. Al menos ahora sufrirás lo que el...