El susurro de Poke

 Paula era una niña de diez años: brillante, bonita y con una curiosidad que parecía no tener límites. Le gustaba jugar a las muñecas, inventar historias de princesas y dragones, o trepar árboles hasta donde sus pequeñas manos pudieran sostenerla. En todas esas aventuras había alguien más: Poke.

Un amigo imaginario que, según ella, la retaba a hacer cosas extrañas: correr de manera absurda, saltar sin control, o probar su valentía con juegos cada vez más peligrosos.

Sus padres no le daban importancia. “Es normal que un niño tenga un amigo imaginario”, decían. Pero a los diez años, algo en esa normalidad empezaba a quebrarse.

Todo comenzó cuando me llamaron, yo, su psicólogo. La preocupación vino después de que Paula intentara matar a su canario apretándolo con ambas manos hasta casi asfixiarlo.

Cuando le pregunté el motivo, respondió con calma:

—Tenía curiosidad.

Quiso sonar inocente, pero en su mirada había algo distinto. Sus enormes ojos azules me atravesaron como agujas frías; su piel tostada por el sol daba la impresión de exponer mis pensamientos, y sus dientes, pequeños y separados, parecían limados a propósito, como si alguien hubiera querido volver su sonrisa un arma.

En las sesiones permanecía en silencio, a veces murmurando frases apenas audibles, siempre con la vista fija en mí. Yo, especialista en esquizofrenia infantil, jamás había enfrentado un caso así. Los niños suelen responder, tarde o temprano, a la terapia, pero Paula no. Paula es distinta.

El 29 de abril la recibí en consulta. Llevaba un vestido rosa de vuelo, dos coletas perfectamente peinadas y zapatos blancos con calcetas de holanes. Entro su mamá y ella, la mamá me saluda, mientras ella corría los juguetes.

—Tengo miedo— me dijo su mamá de Paula

Al notar que observaba todo de re ojo esta Paula, solo puede comentar.

—Al final hablamos—

Me senté en el suelo con ella, como siempre, aunque ignoró cada pregunta y cada intento de contacto. Cuando estaba por leerle un cuento, habló:

—Quiero dibujar.

Me quedé paralizado. Era la primera vez que pedía algo. Corrí a darle hojas y lápices; se apartó a un rincón y comenzó a trazar. Yo apenas podía contener la emoción. Finalmente tendría una ventana a su mente.

Cuando me entregó el dibujo, la sangre se me heló.

Era yo.

Con los ojos enrojecidos, como bañados en sangre. Una pierna separada de mi cuerpo. El corazón lo tenia expuesto.

—Explícame tu dibujo —dije, con una voz calmada

Paula sonrió, mostrando esos dientes imperfectos.

—Tonto… pensé que eras más inteligente. Es fácil: Poke me dijo que tú vas a morir. Igual que mi mamá, mi papá… y yo.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Disimulé lo mejor que pude.

—Está bien, Paula. Un momento, ¿sí? Sigue dibujando.

Salí del consultorio, temblando. Pedí activar el código rojo y recomendé a la madre internarla de inmediato. Ella asintió en silencio, con los ojos húmedos.

Pero cuando regresamos, Paula ya no estaba. No había manera de que se escondiera en ese espacio. Se había esfumado.

La alarma se propagó por el hospital. Busqué con desesperación. En la entrada vi a su madre, lista para acompañarme al patio de juegos. Entonces se escuchó un

estruendo: un rechinar de llantas, un choque brutal, una camioneta roja dio vueltas enfrente de mis ojos.

Su madre corrió. Yo me quedé paralizado.

Ella también iba a morir.

La lluvia cubría el cementerio. El padre de Paula lloraba, mientras un un sacerdote le daba palabras de consuelo. La madre ya no estaba: se había abierto las muñecas en su cocina con un cuchillo, incapaz de soportar la muerte de su hija.

Yo lo había perdido todo. Mi licencia, mi trabajo, mi reputación. Me señalaron: el psicólogo que dejó sola a una niña de diez años antes de que se muriera.

En mi departamento, el silencio se volvió insoportable. No sé cuándo empezó, pero ahora escucho su voz en las noches.

Paula me llama. O quizá es Poke.

A veces despierto con dibujos en mi mesa, firmados con letra infantil. Siempre soy yo, despedazado. Siempre con ojos rojos.

Ya no sé si Paula se murió ese día o si la traje conmigo.

Y cuando me miro al espejo, hay instantes en los que creo ver a Paula detrás de mi hombro, sonriendo.

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