Porque ya lo hice by Jacqueline Romero

                                                                              I

La camioneta roja ruge bajo mis manos como si compartiera mi furia. No manejo: arrastro el mundo bajo las llantas. El cigarro arde entre mis labios, y el humo me quema la garganta, pero lo sostengo como si fuera la última chispa de cordura que me queda. En cada bocanada siento un veneno que me despierta más, que me recuerda lo que me hicieron. Jugaron conmigo, con mis ganas, con mi fe. Me lastimó, un ensayo barato de amor.

En el retrovisor, mi rostro ya no es el de siempre: es una mueca de odio, de hambre, de sed de justicia torcida. El espejo me devuelve lo que soy ahora: una bestia acorralada que aprendió a mostrar los dientes. ¿A quién estás pensando matar? Me pregunta mi reflejo.

Mis armas: una cuerda que descansa en el asiento trasero, enroscada como una serpiente venenosa. El cuchillo brilla como si me incitara, como si me pidiera que lo estrene en carne tibia. La pala espera, paciente, como si supiera que pronto tocará tierra y hueso. Y la bolsa negra… la bolsa negra sonríe desde su vacío, lista para tragar lo que yo decida.

Detengo la camioneta en seco, bajo y clavo la pala con violencia en el suelo. Cada golpe es un insulto lanzado al aire: ¿no estás listo?, ¿no era suficiente?, ¿no querías lo mismo que yo?. Cada palada de tierra que vuelo es un grito que nunca dije: maldito seas tú y todos tus “intentos” que me hicieron sentir amor. La rabia me sube como un fuego negro, y siento que si alguien me viera ahora, huiría aterrado.

Enciendo otro cigarro con las manos temblando, no de tristeza, sino de furia. El humo me envuelve como un demonio que susurra: hazlo, diles, muerdelos de vuelta. Y yo asiento en silencio. Porque ya no quiero llorar. Ya no quiero entender. Quiero que tiemblen cuando piensen en mí, que se pregunten si acaso estoy dispuesta a ir más lejos de lo que ellos creían.

Arrojo dentro de la bolsa negra fotografías, palabras, promesas. Pero esta vez no lo hago con dolor, sino con rabia. Los destrozo con las uñas antes de lanzarlos, los muerdo, los escupo, los quemo con la brasa del cigarro. Esa bolsa es un ataúd improvisado, y lo lleno con las mentiras que me ofrecieron como caramelos envenenados.

Cuando termino, no entierro con delicadeza. Lanzo la tierra con furia, apretando la pala como si quisiera partir el mundo en dos. La fosa se cierra sobre lo que nunca debió existir, y me limpio las manos en la ropa, dejando marcas oscuras que parecen garras.

El espejo de la camioneta me espera otra vez. Me miro, y mi sonrisa es peligrosa. No hay víctima aquí, no hay llanto. Solo queda la pregunta, más fuerte que nunca:

¿a quién estás pensando matar?

Y esta vez no respondo con silencio. Respondo con una carcajada baja, ronca, endemoniada. Porque la respuesta no es un “quién”. Es un “cuándo”.

                                                                                II

Estacioné la camioneta roja a unos metros de su casa, oculta en la penumbra como una bestia. Un nuevo cigarro se consume en mis labios, y el humo espeso empaña el parabrisas. Lo veo entrar. La luz amarilla del pasillo lo recibe, como si el mundo todavía lo abrazara. Como si no hubiera hecho nada. Como si no me hubiera destrozado con un simple “no estoy listo” después de darme el cielo.

La furia late en mi pecho, acompasada con el filo del cuchillo que llevo conmigo. Lo acaricio como quien acaricia a un amante: con deseo, con hambre, con entrega. La cuerda está enrollada en mi brazo. La bolsa negra descansa en la parte trasera, abierta como una tumba. La pala espera en silencio. Todos me acompañan, todos quieren lo mismo que yo: una justicia muy torcida.

Camino hacia la puerta. Mis pasos no suenan; la rabia es un manto que amortigua el ruido. Me miro en el reflejo de una ventana antes de entrar: no soy yo. Soy una criatura moldeada con lágrimas secas, con carne desgarrada de ilusiones. Soy el monstruo que él fabricó cuando decidió que yo era un juego.

Abro la puerta sin pedir permiso. Allí está, sorprendido, con una cerveza en la mano, la sonrisa congelada en el rostro. La sonrisa que alguna vez me derritió. Ahora me enferma. —¿Qué haces aquí?— me pregunta, pero su voz me llega distante, como si hablara desde un pozo. No contesto. El cuchillo lo hace por mí. Lo levantó y el brillo lo enceguece un segundo antes de que entienda lo que está por suceder.

El primer corte no es limpio. Se siente la piel cediendo, el olor de la sangre que brota mezclado con su perfume. Grita. Yo también, pero mi grito es más hondo, más antiguo, como el rugido de algo que no debería existir. Lo empujo contra la pared, la cuerda cae de mi brazo, la enrollo en sus muñecas con una fuerza que no sabía que tenía. La sangre chorrea, tiñe el suelo, mancha mis manos y mi rostro.

Me mira a los ojos, suplicando. Y allí está el verdadero crimen: que todavía me duela verlo así. Que todavía, en medio del miedo y la furia, una parte de mí recuerde la ternura de sus manos en mi cintura, el calor de su risa en mi cuello. —No quería hacerte daño… —balbucea. Y yo río con llanto. Río con la garganta desgarrada.

El cuchillo baja otra vez. Y otra. Cada estocada es un recuerdo traicionado: la vez que me dijo que era especial, la noche en que hablamos del futuro, el momento en que pensé que era amor. Cada mentira me tiñe las manos de rojo. Soy humo, soy filo y soy sangre. Soy la criatura que solo quería amar y fue rechazada. Vaya ironía para alguien que ama con pasión la novela de Mary Shelley.

Él cae al suelo. Su respiración es un estertor, un último quejido ahogado. La bolsa negra lo espera. Lo arrastro con una calma casi maternal, como si lo envolviera en una sábana para dormir. El plástico se cierra sobre su cuerpo, sofocando lo poco que queda de su voz. El silencio me acaricia.

Lo cargo hasta la camioneta. La pala golpea contra la tierra cuando encuentro el claro. El hoyo se abre con facilidad, como si ya me conociera, como si supiera que volvería. Lanzo la bolsa dentro y la tierra lo traga. No hay ceremonia, no hay plegaria. Solo lodo y sangre mezclándose.

Al terminar, enciendo otro cigarro. El humo me envuelve como un velo. El espejo de la camioneta me devuelve la mirada. No hay lágrimas, no hay miedo. Solo esa pregunta que ahora tiene respuesta. ¿A quién estás pensando matar?

Y yo sonrío. Porque ya lo hice.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El eco de existir by Evangelina

El veneno en el cigarro by Itzanamy