El veneno en el cigarro by Itzanamy

Hoy como cada mañana, me encuentro frente al espejo, mirándome a mí misma con

una seguridad que antes no tenía. Después de tantas noches de darle vueltas, por

fin estaba decidida a hacerlo. No había marcha atrás. Había pasado días planeando

cada detalle y aquella tarde, en una vieja camioneta roja estacionada en la esquina,

conseguí lo que necesitaba: un pequeño frasco con veneno.

Desde hacía semanas había pensado en cómo hacerlo. Muchas ideas me

parecieron arriesgadas o demasiado ruidosas. Pero entonces recordé su costumbre

inquebrantable: cada noche, antes de dormir, él encendía un cigarrillo en el mismo

sillón de siempre, y lo consumía lentamente, como si fuera parte de un ritual

sagrado. No había mejor manera de lograrlo. Bastaría con impregnar el veneno en

ese cigarro que dejaba sobre la mesa, listo para la noche. Así, no sospecharía nada.

El plan se fue formando en mi cabeza con precisión. Después de que lo fumara, la

debilidad lo dominaría poco a poco. Entonces, yo tendría todo preparado: el cuchillo,

la cuerda, la bolsa negra y la pala que descansaba en el patio trasero. Sabía que

podía sonar escalofriante, pero para mí era el único modo de ponerle fin a todo lo

que había cargado hasta ese momento.

El 13 de noviembre llegó, y con él, mi decisión final. Esa noche lo esperé en

silencio. Cuando entró, todo sucedió como siempre: dejó sus llaves en la mesa, se

quitó el saco con desgano y encendió el cigarro sin notar nada extraño. Yo lo

observaba desde la puerta, en la penumbra, escuchando el leve crujir del tabaco al

arder. Cada bocanada parecía restarle fuerzas. Me limité a contemplar, con la calma

de quien sabe que lo inevitable ya está en marcha.

Poco a poco, su respiración se volvió pesada, sus movimientos torpes, hasta que se

dejó caer en aquel sillón gastado. El cigarro se consumía entre sus dedos al mismo

ritmo que su energía lo abandonaba. Me acerqué con cuidado, conteniendo la

adrenalina que me invadía. Tomé el cuchillo que tenía preparado, aunque pronto

comprendí que no lo necesitaría. El veneno había hecho exactamente lo que

esperaba: él ya no podía reaccionar.

Con serenidad, lo cubrí con la bolsa negra y la até con la cuerda. Todo estaba

planeado. En el patio trasero me esperaba el hueco que había cavado horas antes

con la pala. Lo arrastré, lo dejé caer en el fondo del hoyo y lo cubrí con tierra, paso a

paso, como si sellara el pasado de una vez por todas.

Cuando terminé, respiré profundo. La tierra fresca aún se notaba removida, así que

decidí hacer lo que había pensado desde el inicio: planté un pequeño árbol encima.

No lo hice como homenaje, sino como un recordatorio, como una forma de

transformar el peso de la historia en algo que, al menos, pudiera crecer.

Esa fue la última vez que me sentí observada por él. Desde entonces, cada mañana

riego el árbol y luego me miro en el espejo. Y lo que encuentro allí ya no es miedo,

ni duda. Es una sonrisa tranquila, como si todo al fin hubiera terminado.

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