Dosis incorrecta by María Fernanda Aguirre
Gabriel tenía 22 años y vivía con sus padres en una tranquila residencia. Era una familia sencilla, cada mañana, su madre le preparaba un nutritivo desayuno acompañado de su característico licuado de plátano con un “no se que” que lo hacia tan especial.
Gabriel… siempre fue diferente, por decirlo de una manera, no tenía amigos, era muy distraído y rara vez recordaba las cosas. Aun así vivía pleno, hasta que su tranquilidad se vio interrumpida hace ya 2 meses, cuando llegó a la residencia la nueva vecina.
La señora Sofía, él la describía cómo una bruja, despiadada y horrorosa. Desde su llegada, el ruido comenzó: golpes de muebles en plena madrugada, pisadas pesadas, una radio encendida a todo volumen sin razón aparente. Fumaba cigarro tras cigarro, lanzándole el humo casi en la cara. Como su ventana daba justo enfrente a la de Gabriel, por las noches, arrojaba puñados de tierra dentro de su habitación. Si encontraba la ventana cerrada, no dudaba en cruzar el jardín, abrirla y espaciar esa tierra asfixiante.
Lo más perturbador era su doble cara. Ante los demás vecinos era la señora dulce que alimentaba a los gatos callejeros… si supieran que al caer la noche, esos pobres animales aparecían muertos.
Con cada día que pasaba, algo en el interior de Gabriel se tensaba más. Nadie lo escuchaba. Nadie le creía y la horrorosa y despiadada vieja se tenía que morir.
Esa noche, esperó a que todo estuviera en silencio. Tomó un cuchillo de la cocina y cruzó el jardín hasta la puerta trasera de la señora. Entró sin hacer ruido. La encontró dormida en un sillón. Se aproximo a ella… y descargó la primera puñalada. Después otra. Y otra. Quince en total, todas directas a la cara y al pecho. No habló. El único sonido era el del metal penetrando la carne y el goteo de la sangre sobre la alfombra.
Cuando el cuerpo quedó inmóvil, buscó otro cuchillo y comenzó a descuartizarlo en pedazos para que cupiera en esa bolsa grande y negra. El olor metálico impregnaba sus manos y su ropa, entonces cargó la bolsa hasta su propio patio. Tomo una pala y enterró a la mujer en la misma tierra con la que torturo meses a Gabriel. Cuando terminó, dejó caer la pala y murmuró:
“Hice justicia… lo merecías.”
Al volver a casa, su madre lo vio reflejado en el espejo del vestíbulo: cubierto de sangre, con los ojos abiertos como si acabara de despertar de un sueño.
“¿Qué hiciste, Gabriel?” gritó su madre. “esto no tenía que pasar… ¿por qué no funcionó?”
El joven no entendía a qué se refería, pero ya no importaba. Veinte minutos después, la policía lo arrestó. Tres días más tarde, un juez ordenó su ingreso a un centro penitenciario con medidas especiales por esquizofrenia. Allí, cuando comprendió lo que había hecho y la verdad de su enfermedad encontró una cuerda en su habitación y se colgó.
Semanas después, su madre condujo su camioneta roja para recogerlo. En el asiento del copiloto coloco la urna con sus cenizas. Ahora comprendía por qué la medicina que ponía en aquellos licuados “especiales “no habían funcionado: las dosis eran incorrectas...y eso había terminado con dos vidas inocentes.
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