¿A quién estás pensando matar? by Yuliana Serralde
La camioneta roja estaba estacionada frente a la casa, el motor apagado, pero el silencio que irradiaba de ella parecía gritar lo inevitable. En el asiento trasero descansaban un cuchillo, una cuerda y una pala. Todo estaba preparado con una precisión que daba miedo.
Xóchitl encendió un cigarro y observó su propio reflejo en el espejo retrovisor. Apenas se reconocía. El rostro endurecido que veía no era el de la amiga confiable y sonriente que todos conocían; era otro, más oscuro, más frío.
—Siempre fuiste la favorita —murmuró con resentimiento.
Se refería a Amanda, su mejor amiga desde la infancia. La amiga perfecta: bonita, querida, exitosa. Cada logro de Amanda era como un cuchillo que se le clavaba en el pecho, recordándole lo que ella nunca pudo ser. La envidia había crecido lentamente, como un veneno invisible que al final se volvió insoportable.
Esa noche, Amanda subió confiada a la camioneta roja. No sospechaba nada, no podía: ¿quién desconfiaría de su mejor amiga? Hablaron unos minutos, entre risas forzadas, hasta que Xóchitl desvió el camino hacia un sendero solitario.
El espejo reflejó un destello: el filo del cuchillo en su mano. Amanda apenas alcanzó a pronunciar su nombre antes de que la cuerda le apretara la garganta. No hubo gritos, solo una respiración rota, un forcejeo breve y un silencio que pesó como plomo.
Horas más tarde, la pala se hundía en la tierra húmeda del bosque. Xóchitl arrojó el cuerpo dentro de un agujero improvisado y, con manos temblorosas, lo cubrió hasta desaparecerlo. La última imagen fue la bolsa negra en la que había escondido la ropa manchada, enterrada junto a todo lo que alguna vez fue su amistad.
De vuelta en la camioneta, Xóchitl encendió otro cigarro. El humo empañó el espejo retrovisor y, por un instante, juró ver el rostro de Amanda reflejado en él, sonriendo con esa superioridad que siempre la atormentó.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Se miró fijamente y se preguntó en un susurro apenas audible:
—¿Y si al final no la maté a ella… sino a mí?
En ese momento, escuchó un crujido detrás de la camioneta. Giró la cabeza y allí estaba Amanda, cubierta de hojas, con los ojos abiertos y brillantes de furia y sorpresa.
—¿Creíste que podrías deshacerte de mí tan fácilmente? —dijo Amanda con una sonrisa helada.
Xóchitl retrocedió, el cigarro cayó al suelo y se apagó, y por primera vez desde que planeó todo, sintió verdadero miedo. La venganza no siempre pertenece al que la espera… a veces, regresa más rápido de lo que uno cree.
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