La cura by Javier García
Julián siempre había sido un hombre retraído. Casi sin familia, con pocos amigos, se deslizaba por la vida sin llamar la atención. Era el tipo de persona a la que apenas se recuerda después de hablar con ella. Sin embargo, bajo su aparente docilidad, guardaba un odio silencioso hacia los demás, y un desprecio feroz hacia sí mismo por permitir tanto maltrato.
Durante años se sometió a las burlas, a los favores forzados, a los desprecios cotidianos. Accedía a todo como si al decir siempre “sí” pudiera acallar el rencor que lo devoraba, un disfraz de amabilidad para ocultar su hostilidad. El doctor García lo llamaba una defensa. —Supongo que sí, doctor. Supongo que sí…
Pero la angustia nunca cedía. Llegó un momento en el que la presión en el pecho y el nudo en la garganta lo convencieron de que no había salida. Aquella noche, en su habitación, ató una cuerda al techo e intentó colgarse. El cuerpo se estremeció en segundos, pero el instinto lo traicionó: aflojó el nudo y cayó al suelo, respirando con desesperación. Y ahí, tendido, algo cambió.
No necesitaba morir. Necesitaba matarse. Y para hacerlo, debía asesinar a quienes lo habían conocido.
La primera vez fue casi improvisada. Su jefa del trabajo, famosa por humillarlo, apareció en el estacionamiento de la oficina. Julián la siguió. Minutos después, sentado en su camioneta roja, miraba el cuchillo húmedo en su mano. El alivio era más profundo que cualquier sesión de terapia.
Desde entonces, convirtió la idea en método. En la camioneta guardaba lo esencial: la pala para enterrar, la bolsa negra para ocultar y el cuchillo. Cada vez que terminaba, observaba el sitio de entierro. Se sentía más ligero, como si el cuerpo que quedaba bajo la tierra se llevara un pedazo del Julián anterior.
Un primo abusivo, un vecino que lo llamaba inútil, un amigo que lo despreciaba; todos fueron desapareciendo. Nadie sospechaba de él, un hombre invisible.
Pero aún quedaba alguien. El doctor García.
El buen doctor era la última persona que lo había visto en su fragilidad, la última memoria de su yo enfermo. Y mientras siguiera vivo, Julián seguiría existiendo.
Conocía su horario. Aquella noche estacionó la camioneta bajo un farol apagado, junto al consultorio. Sacó la bolsa negra, revisó la pala en la parte trasera y sintió el cuchillo en el bolsillo interior de su chamarra.
Encendió un cigarro y lo consumió hasta el filtro, saboreando el momento, dejando que el humo le quemara la garganta.
Cuando el doctor abrió, lo miró sorprendido. —¿Julián? ¿Qué haces aquí tan tarde?
Él sonrió amablemente. —Vengo a terminar el tratamiento.
Cruzó el umbral. El pasillo lo recibió con el reflejo de un espejo ovalado. Allí se miró, erguido, seguro, irreconocible. Por primera vez no sentía odio ni angustia.
La cura había funcionado.
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