Ecos de un fantasma by Katherine Montoya
Mi camioneta roja estaba frente a su casa, como todas las veces anteriores… aunque habían pasado más de cuatro años. Seguramente estaba más anciano que la última vez; más débil… menos protegido. En el retrovisor, el espejo reflejaba mi rostro cansado, surcado por años de insomnio, miedo y cicatrices emocionales que aún dolían, que nunca se cerraban. Me pregunté si ya se habría dado cuenta de que sus cámaras de seguridad habían dejado de funcionar, en una noche donde se encontraba completamente solo… ¿Ya habría empezado a tener delirios de persecución? Reí para mí misma, recordando todas las veces que me contó que su nivel de angustia era tal que no podía salir sin armas, ni siquiera en sus coches, y que siempre tenía una de respaldo en su recámara principal.
El reloj marcaba las 12:45 y toda la cuadra acababa de quedar a oscuras. El tiempo corría y mi corazón latía con tal fuerza que sentía que me dolía el pecho. Dejé mi mochila en el asiento del copiloto, bajé silenciosamente, cubrí mi rostro y me puse los guantes; me fundí con la oscuridad de la noche. Él no esperaba nada. La rutina lo había hecho confiado, ciego al hecho de que alguien como yo pudiera siquiera regresar.
Tomé una roca y llamé a la puerta; golpes fuertes. Lo escuché acercarse, me escondí entre los arbustos… y salió. Allí estaba… viejo, pero la sombra en sus ojos era la misma que me había marcado, la misma que me arrebató la tranquilidad y me dejó temblando cada vez que alguien se acercaba. Me dio la espalda, buscando a quién había tocado. Vi el arma en su mano; mi cuerpo se heló, pero no me paralicé.
El golpe que le di fue pesado, brutal, directo contra su cabeza. No con furia, sino con precisión quirúrgica: apenas estábamos comenzando. Lo arrastré hasta la camioneta. Su cuerpo pesado resonaba contra el pavimento, y la adrenalina me hizo subirlo a la cajuela sin problema. Tomé la cuerda, até sus manos y piernas; cerré rápido y conduje.
Cuando llegamos al lugar planeado, lejos, muy lejos de la ciudad, lo arrojé al suelo; la cuerda seguía firme en sus muñecas. Gruñó, abrió los ojos lentamente, y por primera vez lo vi diferente: un hombre derrotado, viejo, insignificante. Tomé el cuchillo y me arrodillé frente a él. Su rostro estaba torcido de miedo.
—Te daré lo que quieras, pero no me hagas nada —me dijo, casi llorando, sin reconocerme aún.
—¿Por qué pensarías que tu dinero te salvaría de esto? —dije, burlona, mientras me descubría el rostro.
Se enfureció, intentó golpearme con la cabeza; me eché hacia atrás y reí, sentándome frente a él.
—¿Sí sabes que me arruinaste la vida, verdad? —le grité, sin dejar que respondiera. Pateé su cabeza con fuerza para que volviera a quedar inconsciente. Esta vez, cuando despertara, no podría articular una palabra.
—Pobre imbécil — murmuré, mientras tomaba el frasco de anestesia. Mientras él flotaba en la inconsciencia, corté su lengua. Despertó otra vez, como si quisiera gritar… pero solo emitía quejidos extraños. Lo miré con desprecio.
—Ni lo intentes. Nada va a salir de ahí ni de otro lado —le dije, señalando su entrepierna. Sus ojos reflejaban impotencia y miedo; por primera vez, vi su mirada perdida.
Lo tiré al hoyo que había cavado días antes y, aún con vida, comencé a llenarlo con tierra; la pala se hacía más pesada a cada palada. Paré cuando no escuché ningún gemido. Saqué mi mochila, metí la ropa, la pala, el cuchillo y cualquier evidencia. Por último, los guantes. La bolsa negra terminó en el pequeño incinerador.
Salí de ahí, comencé a conducir pensando… así como él me destruyó y siguió con su vida sin represalias, yo viviría lo que me quedaba de la mía.
Mientras manejaba, de repente escuché un pitido y todo se volvió borroso… Mi mente no dejaba de dar vueltas. Un momento… ¿qué es esto? Estaba sujeta con camisas de fuerza, en una habitación blanca. ¿Dónde estaba? ¿Por qué un hombre me observaba desde arriba, mientras anotaba y fumaba un cigarrillo?
—¿Ana?, ¡Ana! -subió la voz-. Sal del trance… y cuéntame… ¿A quién quieres matar? —preguntó, exhalando el humo.
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