¿A quién quieres matar? by Donovan
El Palacio de los Deportes parecía un monstruo vivo aquella noche. Era 1988, y
Depeche Mode tocaba por primera vez en México. Las luces rojas y azules
atravesaban el humo espeso de los cigarros y el sudor de miles de cuerpos
apretados. Yo estaba entre ellos, brincando, gritando, pero mi cabeza no estaba
del todo en el concierto. Aunque mi boca repetía Strangelove, mis pensamientos
iban a otra parte, a un sitio oscuro.
Había una pregunta que no me dejaba dormir desde hacía semanas. Una voz que
no era mía, pero que se había instalado en mi mente como un parásito: ¿A quién
estás pensando matar?
Yo ya sabía la respuesta. Esa noche sería el final de todo.
Mi padre estaba afuera, esperándome como siempre, con un cigarro colgando de
los labios y esa mirada de desprecio que me atravesaba desde niño. Había venido
conmigo solo para vigilarme, para asegurarse de que no me “perdiera en esas
mariconadas de música rara”.
Nunca soportó mi ropa negra, ni mi peinado, ni la música que escuchaba. Yo era la
mancha que no encajaba en su vida. Su vida de golpes, de insultos, de violencia
que siempre caía sobre mi madre y sobre mí, mientras la multitud gritaba al ritmo
de Never Let Me Down Again, yo me escabullí hacia la salida. Afuera, la ciudad
respiraba con un calor espeso, cargado de humo y gasolina.
En el estacionamiento nos esperaba la camioneta roja, silenciosa, como si supiera
lo que estaba a punto de ocurrir.
Abrí la puerta trasera. Allí estaban los objetos que había preparado desde la tarde:
un cuchillo de cocina que brillaba bajo la luz del poste, una bolsa negra doblada,
una pala vieja con tierra seca en la orilla, un espejo roto que había sacado del
baño, y una cuerda enrollada como una serpiente esperando morder. Todo
colocado con cuidado, como piezas de un rompecabezas macabro.
Respiré profundo. El humo de su cigarro me alcanzó desde la banqueta. Su silueta
estaba quieta, como un guardián cansado.
¿Ya acabaste con tus niñerías? me dijo, expulsando humo con esa sonrisa que
siempre me recordaba lo débil que me consideraba.
No contesté. Me acerqué despacio. El cuchillo pesaba más de lo que había
imaginado, pero mi decisión lo hacía ligero. Sentía que la música de adentro, ese
golpeteo electrónico que sacudía las paredes del Palacio, me empujaba hacia
adelante, en un segundo, todo sucedió. Hundí el cuchillo en su cuerpo. Apenas
alcanzó a abrir la boca antes de desplomarse. El ruido se confundió con el rugido
de los fans, con la ovación que llegaba a lo lejos. Nadie escuchó su último respiro.
Nadie corrió. Nadie sospechó.
El cigarro cayó al suelo, todavía encendido, marcando un círculo de fuego en el
pavimento. Lo miré caer de rodillas, con los ojos abiertos y una mezcla de rabia y
sorpresa. No sentí miedo, tampoco gloria. Solo silencio. Un silencio nuevo, como
si el mundo me perteneciera por primera vez.
Trabajé rápido. Arrastré el cuerpo hasta la camioneta y lo cubrí con la bolsa negra.
La cuerda lo sostuvo firme. La pala tendría su turno más tarde, en un terreno
baldío de Iztapalapa donde nadie preguntaba nada. El espejo roto me devolvió un
destello de mi rostro, y por un momento juré que no era yo el que miraba, sino él,
mi padre, reflejado en mi cara como una sombra que nunca se iría.
Encendí la camioneta. El motor rugió, fuerte, poderoso. Por un instante, me sentí
libre. Sin golpes. Sin insultos. Sin miedo.
Pero al ver mis manos ensangrentadas en el volante, entendí la trampa. Tal vez no
había escapado de él. Tal vez solo lo había traído conmigo, metido en mi piel.
La voz volvió, más clara, más fuerte, como si estuviera dentro de mi pecho: ¿A
quién estás pensando matar?
Y comprendí que esa voz ya nunca iba a callarse.
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