Asuntos del corazón by Javier Arturo

Siempre se habla del mérito como un asunto de esfuerzo y dedicación, donde el esmero

y empeño recompensa a los ganadores y deja atrás a los demás. Pensaríamos que en el

ámbito científico trabajar en equipo nos lleva más lejos, pero la realidad -en una gran

parte de los casos- es que el mérito es personal y cada quien se vale por sus propios

medios. En ocasiones la construcción del mérito se hace en sociedad, pensaríamos que

para impulsarse, pero a menudo prevalece el mérito personal y el ego.

Este fue el caso de Silvia y Fernando buenos amigos míos de mentes brillantes. Fue

durante sus estudios de bachillerato que coincidieron y sentaron las bases de su vínculo.

Alguna atracción física habrá existido, pero pronto encontraron que ambos tenían un

sabor por la competencia. Este sabor lo veías hasta en sus quehaceres académicos

compitiendo por quién generaba las mejores conclusiones a problemas médicos,

científicos y éticos. Se podían debatir a muerte y era difícil designar al vencedor, puesto

que ambos ofrecían argumentos muy convincentes y lógicos. Pues así se vio nacer a su

relación sentimental, no podría llamarla amor, puesto que he amado y eso era sólo

cuestión de egos. Aún recuerdo las miradas fulminantes que se daban cuando uno

superaba al otro, ellos a menudo me hacían partícipe de sus juegos, al ser estudiante de

ciencias me defendía muy bien, pero eso de los egos no se me da y con el tiempo preferí

aparatarme. Pero si algo no logro borrar de mi memoria era la celebración de Fernando,

prepotente con un cigarro en la boca, él no era fumador, en especial por tener un corazón

“débil”, pero en ese momento ignoraba la deficiencia de nacimiento, sacaba un cigarro

-de quién sabe dónde- y como para restregarle el éxito a Silvia en la cara, le exhalaba el

humo en la cara. Aún recuerdo las palabras que Silvia le gritó -un día haré que te comas

ese cigarro apestoso de postre después de un plato de tu ego-.

Al graduarnos, todos perseguimos estudios de posgrado y especialidades. Ambos

“casualmente” siguieron un rumbo similar, Fernando estudiando un doctorado dedicado

a entender mecanismos celulares de la contracción de los cardiomiocitos, supongo

motivado a esclarecer un su padecimiento y Silvia especializándose como cirujana

cardiología. He de confesar que, a pesar de mis críticas hacia sus egos, ambos

manejaban la teoría y la práctica de una manera excepcional y siempre creí que llegarían

lejos. Con el tiempo Silvia logró convertirse en una cardióloga exitosa enfocada en las

diferencias de género del infarto agudo de miocardio, realizando estancias en

universidades renombradas del Reino Unido y Estados Unidos. Fernando la siguió y

cursó sus estudios de posgrado en las mismas naciones, enfocándose en la enfermedad

microvascular coronaria. Creí en ese momento que ambos al estar fuera del país y tener

una misión similar crearían una pareja más sana y hasta cierto punto había muestras

fuertes de unidad y cooperación como a continuación les relataré.

Estábamos ya por llegar a la quinta década de nuestras vidas, y ambos habían afianzado

su posición en el campo, Silvia encabezando el departamento de cardiología de un

hospital de renombre y Fernando como jefe de su propio laboratorio de investigación. No

tenían hijos y llevaban varios años de haber montado una colaboración sumamente

exitosa para esclarecer los mecanismos del infarto agudo de miocardio en la mujer, un

área de la medicina que había sido ignorada, puesto que todo el conocimiento científico,

prácticas médicas y terapias farmacológicas habían sido diseñadas para tratar al género

masculino. Su colaboración logró esclarecer la sintomatología exacta para detectar y

tratar mujeres con alto riesgo de infarto, establecer mejores terapias y métodos de

diagnóstico. Sus resultados habían sido publicados en numerosos artículos científicos y

habían recibido fama internacional. Hasta que un día, la academia de medicina invitó a

Fernando a recibir una condecoración por los esfuerzos realizados.

Había sido un error no invitar a Silvia? No me sorprende que fuera una ignorancia

implícita en una academia meramente integrada por el médicos hombres, pero el más

grande error fue de Fernando al no dar la cara por Silvia. Fernando asistió la tarde de la

sesión, sin mas eventualidades y minimizó el evento en los oídos de Silvia. Para ella este

evento reavivó el fuego de su ego, si bien la había herido, ella intentó por un tiempo

reprimir la envidia diciéndose que el reconocimiento a Fernando era bien merecido. Pero

fue tras una nueva invitación de la Academia Real de Medicina del Reino Unido que todo

explotó. Una mañana, una voz despertó a Silvia, no era sino un murmuro que le

decía -tu mereces ese éxito, detén su débil corazón, sabes bien como-. Sintiéndose fuera

de sí, pensó que el exceso de trabajo la tenía exhausta y sería la razón de sus

alucinaciones. Se incorporó, yendo al baño a refrescarse la cara, se miró al espejo y su

propio reflejo cobró vida para repetir -no dejes que se salga con la suya, tú mereces más

que él, sabes bien cómo detener su corazón-.

Transcurría la semana durante la que Fernando hacía preparativos para su viaje,

preparaba su presentación para la renombrada academia y poco espacio tenía en su

cabeza para Silvia, ignorando que a cada día que pasaba la oscuridad crecía dentro de

ella. En su mente la voz se avivaba y su reflejo cada vez mas presente, convivía en

armonía con ella planeando su venganza:

- un cambio en la dosis de su tratamiento cardiaco, morir bajo su propio karma, así como

en los chistes “¡cuál es el colmo de un especialista del corazón...?”,

- no, un especialista del corazón errando en la dosis de su propio medicamento? Sería

muy obvio, lleva años tomándolo:

- ¿Y qué tal un secuestro express? Ya sabes, una historia común, unos tipos abordan su

camioneta roja, lo amordazan y atan con una soga, cubren su cabeza con la típica bolsa

negra, su corazón débil no aguantará, mas una pala, fácil desaparecerlo en el bosque,

camioneta dada por perdida, ¿quién dudaría de ti?

- ¿Qué dices… un poco cruel, no lo crees?

- ¿Más cruel que lo que te ha hecho a ti? ¿Todo el esfuerzo de tu carrera para que el

cabrón se lleve todo el mérito? No tiene vergüenza, se merece lo peor.

Así se pasaba los días Silvia, mientras estaba en guardia, atendiendo pacientes o

practicando cirugías. El corazón de sus pacientes le hablaba a través del estetoscopio -tú

mereces más, no lo dejes que se salga con la suya-.

Se había decidido, el secuestro sería lo más adecuado. Así no estaría realmente

involucrada. Se hicieron los preparativos con premura, pues él saldría dentro de dos días.

En la noche anterior a que se echara a andar el plan, Silvia preparaba la cena, cuchillo en

mano cortando unos embutidos secos con precisión quirúrgica y pensaba enfrentarlo una

última vez. Quería escuchar por una de boca de Fernando la razón por la que la había

excluido. Él, con ego en mano y hábil en la discusión, minimizó los hechos y su papel en la

colaboración: sólo proporcionaste los pacientes… eres sólo un médico… en el hospital

el reconocimiento no vale… Y con cada argumento los latidos se acentuaban en la

cabeza de Silvia, bum, bum, bum. Fernando sacó ese cigarro, la cúspide de su ego, y

encendiéndolo inhaló profundamente y soltó una bocanada de humo en la cara de Silvia.

La visión de Silvia se nubló y en un instante, con visión de túnel, tuvo la respuesta:

-Incisión en el quinto espacio intercostal, directo en la válvula tricúspide.

Y con precisión quirúrgica, en un movimiento limpio, un segundo, la estocada penetró

entre las costillas de Fernando, entrada por salida. El corazón latió sus últimos

momentos, primero acelerándose presa de la adrenalina, sus ojos incrédulos de lo que

acababa de suceder y poco a poco deteniéndose... bum, bum, bum…

Lo último que Fernando vio fue cómo Silvia tomaba su cigarro de ego, le abría la boca y

no importando ya quemarle la lengua, lo introducía y le cerraba la boca, diciéndole con

ternura -provecho-.


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