Reflejos en la oscuridad by Daniela G

 El motor de la camioneta roja Chevrolet del 1967 rugió con un sonido áspero mientras Ángela la estacionaba junto al bosque. Se bajó con una mueca de disgusto: el aire olía a humedad y tierra podrida. Apretó más fuerte la bolsa negra que llevaba en la mano y la arrojó al suelo con un golpe sordo.

Encendió un cigarro con dedos temblorosos. El resplandor del encendedor iluminó su rostro de piel tersa y ojos claros, mientras miraba la luna reflejarse en el parabrisas. Respiró hondo. No había tiempo para arrepentimientos.

Abrió la caja de herramientas en la parte trasera de la camioneta y sacó una pala. Con determinación, comenzó a cavar. La tierra estaba dura, pero ella era más fuerte que eso. Su cuerpo se movía con una mezcla de gracia y furia contenida.

Cada palada la acercaba al final de su pesadilla.

De pronto, un sonido seco la hizo girar. El bosque estaba en silencio. Demasiado silencio. Un escalofrío le recorrió la espalda. Miró a su alrededor, pero solo vio su reflejo en el espejo retrovisor de la camioneta.

Sacudió la cabeza y volvió a lo suyo.

Cuando el agujero fue lo suficientemente profundo, arrastró la bolsa hasta el borde. Antes de lanzarla, dudó. Su corazón latía como un tambor... Entonces, con un suspiro, tiró de la cremallera.

Dentro, su propio rostro la miró con los ojos abiertos y vacíos.

Ángela retrocedió, con el pánico estrujándole el pecho. Se tocó la cara, sintiendo la piel tibia, la respiración acelerada. Pero ahí, en la bolsa, estaba ella. Idéntica.

Un movimiento a su derecha la hizo girar. El espejo lateral de la camioneta ahora reflejaba a alguien más. Su reflejo sonrió… pero Ángela no lo hizo.

El terror la paralizó cuando su doble salió del espejo con un brillo cruel en los ojos y un afilado cuchillo en la mano.

Ángela gritó, pero la figura la silenció en un instante.

Minutos después, el bosque volvió a su calma.

La nueva Ángela limpió el cuchillo con cuidado, tiró el cigarro al agujero y arrojó la bolsa dentro. Cubrió la tumba con la pala, disfrutando la sensación de la tierra fresca entre los dedos.

Luego, con una sonrisa torcida, se miró en el espejo de la camioneta rojaPerfecta. Exacta. Como debía ser.

Encendió otro cigarro y arrancó el motor.

Mientras se alejaba, el reflejo en el espejo quedó atrás. Pero esta vez, no la imitó.

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