Victoria by Rachel

Las sogas que desde el campanario tiraban de las campanas, irrumpía la vida con su metálico eco que anunciaba el paso del tiempo que se desvanecía tenuemente entre la ciudad de irregulares y empedrados callejones, que llevan entre las casas que deambulan en este mundo desde 1570, una vieja ciudad que entre su arte y arquitectura barraca evoca el pasado, un pasado que siempre alcanza al presente.

Esa mañana los rezagos de lluvia se deslizaba entre las canaletas de las casas y caía hasta deslizarse por las calles, envolviendo a todo el pueblo. Cerca de la plazuela principal se halla una casa en particular, con balcones que dan hacia la calle principal y desde aquellas ventanas se asoman las cúpulas de la catedral de Guanajuato. Poco a poco y con la llegada del amanecer, el sol comenzó a abrirse paso entre las espesas nubes que cobijaban al pueblo, hasta que aquellos tenues rayos de luz alcanzaron la casa y entraron por las ventanas hasta encontrar el rostro de Victoria, fue entonces cuando ella supo que era hora de despertar.

Al levantarse esa mañana se dirigió al baño y, mientras se lavaba el rostro, algo la detuvo, su reflejo en aquel espejo la petrificó, el agua corría del grifo y las burbujas del jabón comenzaban a estallar en su rostro, pero eso tampoco la perturbó, pues sus pensamientos eran más fuertes.

Mirando su reflejo sintió una gran fascinación por él, e imaginaba la euforia del nuevo mundo al conocer por primera vez aquellos vidrios reflejantes, la maravilla de poder verse y conocerse a uno mismo, pero fue justamente ese pensamiento el que la recorrió por dentro con un escalofrío y terminó con una pregunta, ¿en realidad ese es nuestro reflejo?, o solo era la sombra de aquello que nos esconde, qué pecados, perturbaciones y secretos ya hacen bajo nosotros, cuan capaces somos de cubrir nuestros demonios detrás de lindas sonrisas, cuantas perversiones no deambulan entre nosotros vestidos de santos, las deformidades del alma invisibles son para las miradas ordinarias que a prisa siempre andan, pues de poder reflejarnos realmente ¿qué veríamos de nosotros?, Victoria sabría lo que haría, pero peor aún, él sabría lo que pasaría.

Cuando Victoria cayó en cuenta del tiempo que absorta había permanecido en sus pensamientos, se apresuró a cerrar la llave y corrió a arreglarse, pues ella sabia que el tiempo del día de hoy era preciado, así que salió de casa, precipitándose entre las inclinadas callejuelas hasta el mercado Hidalgo, buscando lo necesario para aquella noche.

El día transcurrió como lo siempre lo ha hecho, envuelto en un reloj que pareciera darnos tiempo, pero en realidad nos lo arrebata, con cada tic tac del reloj la vida nos susurra al oído nuestra cuenta regresiva, pero el ser humano es arrogante y deambula por el mundo como si de un inmortal se tratase, hasta que cae en cuenta de su propia mortalidad, pero con frecuencia esto siempre ocurre demasiado tarde.

Comenzó a caer el sol, cediendo el paso al rojizo atardecer, siendo el preludio de todo anochecer. Los faroles comenzaban a cobrar vida y su resplandor alumbraba las calles, mostrando el camino a todos los viajeros que las transitaban por ahí y entre aquellos viajeros ya hacia Ulises, que se deslizaba entre los senderos de la ciudad, un joven perfumado, con traje azul perfectamente planchado, de su cuello colgaba una corbata jade que parecía envolverlo como una víbora que desea estrangular a su presa, y unos zapatos negros con suela de madera que hacían eco al rosar con el irregular empedrado de las calles, al mirar su reloj el corazón se aceleró, su marcha apresuró y, como si se desvaneciera entre la gente, su sendero continuó.

Al sonar la séptima campanada, llegó a la casa de Victoria, se detuvo frente a ella antes de tocar la puerta, comenzó a observar aquellos balcones que abiertos dejan escapar la cálida luz del interior, las cortinas blancas bailaban con el viento, como si fueran fantasmas que sujetos están a un cortinero, Ulises tomó aire y miró dentro de la bolsa negra que consigo llevaba, en su interior se hallaba un pequeño pastel envuelto en una caja de cartón adornada con un moño de color escarlata hecho de listón, dio un suspiro y al voltear sus ojos al cielo, observó la luna que rebosante estaba sobre el negro cielo, contemplándola pensó en lo pequeño e insignificante que todo era desde ahí abajo y una parte de él supo que en realidad su existencia era irrelevante, quizás en 100 años nadie sabría que siquiera él había existido, pero como todo buen optimista sacudió su cabeza como si tratara de sacar esas ideas de su mente, se enderezó, tomó un aliento de valentía y se precipitó a la puerta de madera y tocó tres veces hasta que la puerta se abrió y dejó escapar a contra luz el reflejo de Victoria.

Al entrar en la casa, él la acercó a su cuerpo, y con su mano acaricio su rostro, como si buscara recordar cada una de sus facciones, le sonrió y la besó cual Judas, ella le regresó la sonrisa y cerró la puerta tras de él, ambos subieron las escaleras hasta llegar al tercer piso, en donde les aguardaba una exquisita mesa, adornada con largos manteles bordados, sobre los cuales reposaba la vajilla perfectamente alineada, de la cual salía el vapor de la comida recién hecha y dos copas de vino tinto, aguardando a ser bebidas.

Ulises sacó el pastel de la bolsa entregándoselo a Victoria, ella lo tomó y lo colocó en la mesa junto a las velas que tintineaban por el viento que se colaba del balcón, fue entonces cuando Victoria dijo - amor es hora, la comida se enfría, sentémonos a cenar, él la miro a los ojos y sintió la paz que creyó haber perdido.

La velada transcurrió en el idílico amor creado por Shakespeare, el mundo parecía conspirar en el encuentro de dos verdaderos amantes, que con desesperación anhelaban arder juntos hasta la eternidad.

Fue hasta que la esencia de las velas se había derramado sobre el candelabro y el vino se había consumido de las copas, Victoria abrió el pastel y colocándolo en el centro de la mesa, lo partió con un cuchillo y sirvió dos rebanadas y al ver las copas vacías, decidió llenarlas de nuevo, ambos empezaron a saborear aquel dulce postre, cuando Ulises propuso un brindis diciendo "Te amo y brindo por un nosotros", al tocarse ambas copas estalló un cristalino chasquido y ambos posaron sus labios al borde y bebieron del vino.

Transcurrieron unos minutos, cuando el rostro de Ulises comenzó a sonrojarse y a toda prisa buscaba desanudar la víbora jade de su cuello, con la esperanza de tomar un poco de aire que evitara que su vida se desprendiera de este mundo, sus manos comenzaron a adormecerse y poco a poco su cuerpo le empezó a parecer ajeno, ya no dependía de su voluntad para moverlo, era un extraño en sí mismo mientras él luchaba contra si para retener su vida, Victoria se puso de pie y se dirigió al balcón, al salir en él, el frío de la noche la recorrió por completo y el viento, con su tenue brisa, hacía volar su cabello.

Victoria miraba el mundo que trascurría bajo el balcón, el bullicio de la gente inundaba el lugar y muy cerca de ahí una estudiantina hacia brincar y bailar los coloridos listones de sus trajes al ritmo de antiguas sonatas, la gente se reunía a su alrededor para deleitar sus sentidos, unos cantaban, otros pocos bailaban y casi todos sólo miraban, entre ellos un hombre que se hallaba sobre una jardinera para lograr ver a los músicos, fumaba un cigarro, Victoria lo vio e imaginó que en estos momentos la vida de Ulises era como aquel cigarrillo, al inhalar, el rojo vivo se apoderaba de su interior y con cada exhalación se desprendía de él, una parte que se evaporaba hacia el cielo, como aquel grisáceo humo del cigarro y con cada bocanada que se da, se consume lentamente a sí mismo, hasta que se extingue en cenizas.

En aquel balcón ella contemplaba la luna y se preguntaba cuántas veces aquel brillante astro había sido testigo de la extinción de los amantes, cuántas veces había sido confidente de los oscuros secretos que nacen en la penumbra y quizá a cuántos moribundos amantes había consolado.

La noche era perfecta, las luces de toda la ciudad brillaban como velas que custodian el escenario de un gran teatro, en donde una trama griega cobra vida y detrás del telón un actor perece de la vida, su guion está por concluir y su agonía es su último gran acto en vida, los espectadores esperan su muerte, anhelan sentir que el dolor los recorre y se compadecen del muerto, sólo que nadie de ellos sabe que esta noche se cierra su telón para siempre.

Toda historia de amor verdadero merece un final digno de ser plasmado en las páginas de los libros que perduran y trascienden el tiempo y el lugar, aquellos amores que se convierten en ideales a seguir, pero sobre todo volverse una tragedia donde el amor es lo que perdura y lo que aniquila al mismo tiempo, nadie cree en los finales felices, por esa razón se busca el dolor a través del amor, se anhela sentir que el alma es quebrantada y robada por la nobleza de entregarse al otro, Shakespeare lo sabía, la única forma que el amor alcance su eternidad es la muerte, por eso toda historia de amor se escribe con sangre derramada.

Victoria sabía que la muerte puede volverse en arte, todo radica en cómo se narre, así que en realidad Ulises no había sido asesinado, sobre él había caído la pena capital ateniense, era el cobro que exige la justicia de la vida por sus crímenes, el precio que se paga por jugar con cupido, el costo que conlleva vender una alma robada para entregársela a alguien más, las mentiras que con descaro fueron profanadas por sus labios, la corrupción de un amor verdadero, el quebranto de cada juramento que latente seguía y la crueldad de apuñalarla a ella, por querer amar a otra más, así que cuando sus pecados brotaron de él y a toda voz se dieron a saber, la cicuta llegó para limpiar sus pecados y ahora ese cuerpo inerte es el legado de un amor que ardió y se extinguió.

Victoria se arrodilló a su lado, tomando un paño húmedo limpio su rostro, borrando cualquier rastro de sufrimiento o dolor, acomodó la corbata de nuevo en su cuello, con un peine llevó a su lugar cada cabello y por último abotonó su traje azul, lo enrolló en una sábana y tomando las puntas de la misma comenzó a tirar de él, llevándolo cuesta bajo por las escaleras, el golpeteo de su cuerpo al ir cayendo escalón tras escalón, lo hacía ver como un niño que es arrullado por su madre para conciliar el sueño.

Al llegar a la cochera, Victoria lo recostó en el asiento trasero, colocó una frazada sobre él y con cuidado procuró dejar su rostro fuera de la frazada, inclinó sus piernas y cerró la puerta de la camioneta negra, ella subió al carro y salió de su casa en dirección a la valenciana, mientras pasaba entre las calles llenas de personas, sus pensamientos eran difusos y difíciles de alcanzar, la gente pasaba con jovialidad al lado del carro, como un cortejo fúnebre que despide al difunto, al pasar bajo los túneles, la tenue luz bailoteaba por el paso del carro e intermitentemente alumbraba el rostro de Ulises, Victoria por el retrovisor le veía, era como si sólo estuviera dormido, la crueldad y el dolor de la vida se habían marchado de su rostro, sólo quedaba un dulce rostro que permanecería joven para siempre, la edad jamás lo tocaría, ni lo corrompería con la crueldad de la enfermedad, se había marchado en cuanto la vida lo había dotado de juventud y belleza, y ambas permanecerían en él para siempre, no vería marchitar su rostro, ni su cuerpo, su alma se consolaría en la dicha de lo vivido y su carga sería más liviana que si hubiese vivido 80 años.

Casi al llegar a las minas de la valenciana, una camioneta roja pareció alcanzarlos, en ese momento Victoria pensó que lo sabían, pero esa idea rápidamente se desechó, pues ahora sólo ella sabía el secreto. Llegó a las antiguas minas y, bajando del carro, supo que sería un buen lugar para descansar en paz, tomando el cuerpo y poniéndolo en una carretilla, se adentró en la mina buscando en los caminos del pasado, uno que le permitiera esconder su presente, sabía que ahí no lo encontrarían, puesto que el hombre le huye a su pasado. Al encontrar la mina perfecta, lo ató con la cuerda que se une a la polea, lo miró por última vez, lo colocó al borde de la profunda cueva y supo que era momento de un último salto de fe, posó su mano sobre él y con un pequeño impulso lo dejó tendido en la nada y, con cautela, Victoria fue soltando la soga, dejándolo ir hasta que el cuerpo de Ulises quedó en la profundidad de la mina, ella salió de ahí y, mirando el cielo, sintió cómo el aire volvía a sus pulmones mientras la luna, como un reflector, alumbraba toda su noche; subió al carro y se dirigió al panteón que reposa sobre la cumbre, bajando una pala y caja llena de objetos que la relacionaban con él, se introdujo en el cementerio, eligió un lugar perfecto y comenzó a cavar lo suficiente para que aquella caja quedase allí, la puso y la cubrió con tierra, no por miedo a que la descubrieran, más bien porque cuando él murió, todas esas cosas igualmente lo hicieron, y qué mejor lugar para despojarse de eso que en un campo santo que guarda miles de pasados; sacó un ramo de flores y lo colocó sobre la tumba, no como símbolo de amor, sino como símbolo de un adiós eterno.

Oscar Wilde una vez dijo: “la sociedad perdona a menudo al criminal, pero nunca al soñador”, por esa razón quizá volvemos grotescos nuestros sueños, le damos vida a nuestras perversiones para aniquilar la parte de nosotros que se eleva por los deseos más sublimes, pues la sociedad prefiere la sangre derramada antes que el perdón idílico al culpable, porque quizá es más fácil asesinar que dejarlo libre.

Victoria regresó a su casa, recogió los trastos y alzó la mesa, puso la tetera y sirvió su té, tomó la rebanada de pastel que a medias se había quedado, salió al balcón, puso una silla y una pequeña mesa, colocó su comida y se sentó a contemplar el amanecer que llegaba con un brillante sol, acompañado del coro de las aves que anuncian un nuevo día.

                                                                               FIN

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