Mi color favorito: rojo by Regina
Puedo asegurar que fui un niño como todos, o casi. Nací de dos padres que se dedicaban a la medicina, médico él, enfermera ella. Como ambos ejercían sus profesiones asistí desde temprana edad a una guardería a la que llegaba cada mañana en una flamante camioneta roja.
Los colores formaron mis primeros recuerdos, especialmente el rojo, que además de ser un color primario se convirtió en mi preferido. Y de ahí, todo lo rojo: las fresas, las manzanas, los tejados de las casas, los palos chinos con los que me encantaba jugar, las pelotas y canicas, mi mochila y mi lonchera. Mis dos primeros regalos de cumpleaños importantes, un triciclo y una bicicleta fueron rojos también, pero entonces los escogí del rojo que prefería: el rojo sangre.
Algunas tardes me llevaban al parque a andar, primero en mi triciclo, y cuando fui mayor, en mi bici. Al manubrio de ambos vehículos iba siempre, atada a una cuerda, una bolsa negra que contenía cualquier clase de frutos rojos y un termo con agua de sandía para apagar la sed del ejercicio.
Presumo que fui un chico normal y que gocé de una salud excepcional. Me alimentaba adecuadamente y nunca perdí el hábito de la bicicleta hasta que una vez, obsesionado con la velocidad y motivado por una carrera, no miré la zanja cavada seguramente con una pala arrojada cerca del camino y tuve una estrepitosa caída.
Al principio, no quise dar importancia al incidente hasta que uno de los dedos de mi pie se hinchó tanto que no me cabía el zapato. Mi padre me recetó antiinflamatorios, pero después de un tiempo de tomarlos, nos dimos cuenta que el dedo no obedecía las órdenes que le enviaba mi cerebro. No se movía y así los otros de a poco.
Empezó la danza de las visitas médicas: que al ortopedista, que al traumatólogo, que si me había roto un tendón, que me había lastimado una vértebra, que podría deberse a un tumor, que si eran los músculos… Hasta llegaron a hacerme una punción lumbar que no hizo más que mostrarme la ignorancia y la incapacidad de los especialistas a los que visité por largo tiempo mientras otras partes de mi cuerpo empezaban a mostrar su rebeldía.
Comenzaba a desesperarme, a veces me sentía hipocondríaco, otras pesimista, sobre todo cuando la fuerza de mis piernas empezó a abandonarme y, para calmar mi ansiedad, recurrí al cigarro y los antidepresivos. Perdían mis extremidades su fuerza y paulatinamente fueron incapaces de sostenerme hasta postrarme en una silla de ruedas.
Hasta que llegamos a un hospital en el que un facultativo me dijo lo que jamás esperé ni quise escuchar. Era un hombre amable, joven, que en una conversación casi banal, sin drama, me dijo que venía la muerte y pronto, y que para mi mal no había cura. Sólo tendría que esperar, y cada día sería peor que el anterior. No supe qué hacer con eso, no sé tampoco ahora. Súbitamente te revelan tu destino y no pasa nada, te vas a morir mal y mucho antes de lo que hubieras esperado.
Arterioesclerosis lateral amiotrófica: empiezan a deteriorase los músculos de las piernas, luego vienen los brazos, las manos, y así, hasta llegar a los músculos que permiten respirar y finalmente al corazón. Las cosas que antes hacía sin dificultad, se van haciendo imposibles, como pasar de la silla a la cama, comer previo haber usado un tenedor, una cuchara y un cuchillo, orinar, defecar, después no podré tragar y supongo que me alimentarán con una sonda o un tubo. No podré hablar, sonreír, abrazar, tal vez ni sonreír o mirar.
Ahora estoy obligado a ver el rostro positivo de mi mal: no tendré que cuidarme de nada como el colesterol o los triglicéridos o las panemias o epidemias, ni vacunarme, ni contagiarme de ninguna enfermedad porque ninguna puede ser peor a la que tengo, que no se hereda ni se contagia, dicen que te escoge y te escoge porque sí.
Hoy me siento una caricatura de mí mismo y sólo quiero volcarme en mi pasado cuando entiendo que ya no habrá futuro para mí. Tampoco quiero ser objeto de la lástima de nadie, nunca una víctima y menos aún, un héroe.
La verdad sobre mi vida se ha convertido en mi peor enemiga para la que tengo reservado un cuchillo que muy pronto no podré ni clavarme a la maldita.
Todavía no decido si voy a llegar hasta el final, ese final del que abomino y que me produce escalofríos, miedo y angustia. No sé si darme una ayudadita sea el recuerdo amargo que quiero dejar sobre mi vida que antes fue tan feliz. O sea la cobardía justificable para las pocas personas a las que en realidad amo y me aman. Pero por lo pronto sigo vivo y, mientras esté así, no quiero que me miren como a un muerto, como el que seré.
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