El reflejo de la nada by Lara

Ana siempre fue un murmullo entre el ruido del mundo, una sombra sin cuerpo, un soplo de aire que nadie detenía. Pasó su vida sintiéndose más un eco que una persona. Hablaba y nadie respondía. Caminaba y nadie giraba la cabeza. Era un fantasma en carne y hueso, atrapado en un mundo que nunca la reconoció como parte de él.

Pero esta vez, dejaría una marca. Su última huella sería imposible de ignorar.

La noche era cerrada cuando llegó al viejo granero. La luna, su única testigo, iluminaba la camioneta roja que su hermano abandonó junto con ella. Llevaba consigo una bolsa negra con todo lo necesario: una cuerda, un cuchillo, un espejo, un cigarro… y una pala.

Respiró hondo y hundió la pala en la tierra húmeda. Cada golpe contra el suelo era un latido que se le escapaba del pecho. Cavaba sin prisa, con la certeza de quien ya ha tomado una decisión. No sabía si lo hacía para desaparecer o para renacer en otra forma, una que tal vez alguien llegara a ver.

Cuando el agujero fue lo suficientemente profundo, se detuvo. Dejó caer la pala a un lado y se subió al techo de la camioneta. Desde allí, el mundo parecía más pequeño, más distante, como si ella ya estuviera separada de él.

Colocó el espejo en el suelo, inclinándolo para que reflejara la luna. Quería que su último momento quedara atrapado en su superficie, una imagen suspendida en el tiempo antes de romperse para siempre.

Encendió un cigarro y lo sostuvo entre los labios. El resplandor anaranjado iluminó su rostro pálido, como una chispa que anunciaba su propio final.

Luego, con movimientos precisos, ató la cuerda a la viga del granero y la ajustó alrededor de su cuello.

Tomó el cuchillo y, con una calma espeluznante, trazó una línea en su muñeca izquierda. La sangre cayó en el espejo, tiñendo la luna reflejada en él de un rojo profundo.

No se limitó a saltar. No.

Con un último esfuerzo, empujó la pala, dejándola caer en el agujero que había cavado. La tierra la tragó de inmediato, como si nunca hubiera existido.

Entonces, dejó caer el cigarro, y con él, se dejó caer también.

El espejo estalló en mil fragmentos bajo su cuerpo suspendido. Su reflejo se dispersó por el suelo, fragmentado, esparcido, disuelto en el polvo como siempre se sintió en vida.

A la mañana siguiente, cuando la encontraron, los pedazos de vidrio seguían reflejando su imagen en distintos ángulos, como si su espíritu estuviera atrapado en cada fragmento, obligando al mundo a verla… demasiado tarde.

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