Perfección by Bren

 Quiero que todo sea exacto,

que las piezas encajen con precisión quirúrgica,

sin espacio para el caos,

sin margen para el error.

Mi mente es un campo de batalla,

líneas perfectas talladas con cuchillos,

y el eco constante: "No es suficiente".

Nada nunca lo será.

El espejo grita imperfección,

cada grieta es un grillete,

cada sombra, un abismo.

Intento reparar lo roto con hilos de obsesión,

pero siempre hay otro fragmento,

otra fisura que sangra mi voluntad.

Me aferro al control como un náufrago,

con uñas que arrancan carne,

con manos temblorosas que intentan contener el océano.

Pero las olas me consumen,

mi perfección es una jaula dorada,

y yo, su prisionero eterno.

Quiero escapar,

pero el mundo sin control es peor,

es caos puro,

es un vacío que no puedo enfrentar.

Así que sigo construyendo mis muros,

más altos, más gruesos, más perfectos,

hasta que no quede aire,

hasta que no quede yo.

-B

No, de nuevo, no me gusta.

Quiero ser mármol,

una figura cincelada a golpes,

perfecta en cada arista,

intocable, inmutable,

sin grietas que delaten mi fragilidad.

Pero el mármol pesa.

Es una carga que sofoca,

que aplasta mi pecho,

que rompe mis dedos mientras intento

moldear lo que nunca fue barro.

Mi reflejo, un tirano.

Se burla de los surcos que no logré pulir,

de los vacíos que no consigo llenar.

El eco de su risa resuena

en la caverna de mi mente,

ahogando cualquier pensamiento

que no sea control,

que no sea perfección,

que no sea castigo.

La sangre que corre por mis venas

se siente sucia,

imperfecta,

un río que debería detenerse,

un flujo que grita que no soy suficiente.

Y en mi búsqueda de orden,

he sembrado caos.

He tejido telarañas de miedo

que me envuelven,

me asfixian,

y me hacen temer

el menor movimiento fuera del guion.

El control es una ilusión.

Una torre que construyo

con mis propias lágrimas,

y que se derrumba

bajo el peso de mi desesperación.

Quiero ser mármol,

pero soy humano.

Y en mi humanidad,

me pierdo,

me duelo,

me destruyo.

-B

Cada frase aquí se construye sobre una base de inseguridad. Busco el equilibrio entre lo que quiero decir

y lo que necesito decir, temeroso de que cualquier desvío me haga perderlo todo.

Quiero ser mármol,

un monumento que desafía el tiempo,

perfecto en sus aristas,

puro, inmortal,

sin las grietas que exhiben mi debilidad.

Pero el mármol es pesado,

una lápida que cargo en el pecho,

una losa que mis hombros no sostienen.

Quiero moldear mi esencia con golpes precisos,

pero mis manos tiemblan,

mis dedos se rompen al intentar perfeccionar lo imposible.

El reflejo en el espejo me observa,

tirano despiadado,

desgarrando mis pensamientos con su risa:

“No es suficiente. Nunca será suficiente.”

Y yo le creo.

El flujo de mi sangre es un crimen,

un río que me acusa,

que grita mis fallos,

y mancha mis venas de insuficiencia.

Quiero detenerlo,

limpiar cada imperfección con mis propias lágrimas,

pero solo siembro más caos,

más miedo.

El control que tanto anhelo

es un castillo de arena,

que se derrumba bajo las olas de mi ansiedad.

Cada grano es un grito de desesperación

que asfixia,

que me arrastra al abismo que yo mismo he cavado.

Quiero ser mármol,

pero soy carne y hueso,

un cuerpo herido que busca lo inalcanzable,

una mente atrapada en su propia red de demandas.

Soy humano,

pero en mi humanidad me duelo,

me pierdo,

me destruyo.

-B

A veces pienso que si pudiera organizar cada palabra, cada pensamiento, todo tendría sentido. Pero al

final, todo se vuelve caos. Tal vez si busco otro enfoque, quede mejor, Si, un cuento quedará mejor.

La sala era un santuario de obsesión, cada rincón impregnado con el hedor del esfuerzo desmedido. El

escultor, hundido en su propio caos, pasaba los días y las noches cincelando con una furia que rayaba en

la desesperación. No comía, apenas dormía. Sus manos, llagadas y ensangrentadas, se movían como si

una fuerza invisible lo impulsara. La estatua debía ser perfecta, sin importar el costo.

El mármol, inerte y frío, absorbía su tormento. Cada golpe del cincel era un grito reprimido, una negación

de su propia humanidad. La superficie que creaba era impecable, lisa como el agua estancada, pero en su

mente, las imperfecciones eran monstruosas, insoportables. Una grieta microscópica podía desatar horas

de violencia contra la piedra, como si castigara en ella lo que no podía corregir en sí mismo.

La sala se había convertido en un campo de batalla. Fragmentos de mármol cubrían el suelo, mezclados

con sangre seca y trozos de piel desprendida. Las herramientas, desgastadas y oxidadas, eran extensiones

de su cuerpo; sus dedos se habían adaptado al frío del metal como si fueran raíces de un árbol enfermo.

El escultor no veía la estatua como una obra, sino como un reflejo. Cada defecto que encontraba en ella

era un eco de sus propios fracasos, una prueba de que no merecía respirar, de que la vida era un castigo al

que solo podía sobrevivir a través del control absoluto. Pero cuanto más trataba de moldearla, más

inalcanzable se volvía su meta.

Las noches eran las peores. El mármol lo miraba desde la penumbra, inmóvil pero burlón. Le susurraba al

oído que nunca sería suficiente, que jamás alcanzaría el equilibrio que tanto ansiaba. El escultor golpeaba

las paredes con los puños hasta romperse los nudillos, pero el eco de su fracaso no se detenía.

Finalmente, llegó el colapso. Una tarde, mientras el sol moría tras los cristales cubiertos de polvo, algo

dentro de él se quebró. Era el mismo crujido que había escuchado tantas veces al cincelar el mármol, pero

esta vez provenía de su interior. Con una mezcla de furia y resignación, tomó el cincel por última vez.

Cada golpe era un acto de mutilación. Los pedazos de la estatua volaban por la sala como dagas, cortando

el aire y su piel. Ya no buscaba perfección; buscaba destruir aquello que lo había consumido. Era un

frenesí, un exorcismo.

Cuando el polvo se asentó, la estatua ya no estaba. En su lugar, había una figura sencilla, inacabada,

humana. Sus líneas eran toscas, sus bordes ásperos. El mármol, ahora roto, había revelado algo más puro,

algo que no podía ser perfeccionado porque no lo necesitaba.

El escultor se desplomó frente a ella. Sus manos temblorosas, sus ojos enrojecidos, buscaron alguna

imperfección en la nueva figura, pero no la encontraron. Y no porque no existieran, sino porque ya no

importaban.

En ese momento, la sala dejó de ser una prisión.

-B

Comienzo otra vez, con la certeza de que no encontraré lo que busco, pero sigo adelante. El control es

todo lo que tengo, porque si no tengo control, todo se desmorona.

La sala era un mausoleo del sufrimiento, impregnada con el hedor del mármol recién tallado, la sangre

seca y la locura. Allí, bajo la penumbra, el escultor era un espectro, una criatura encorvada sobre su

creación como si el acto mismo de cincelar fuera lo único que lo mantenía vivo. Sus manos temblaban, no

de fatiga, sino de una furia inhumana que lo impulsaba a continuar.

La estatua, blanca como un cadáver, se erguía perfecta. Demasiado perfecta. Era un insulto a su carne

desgarrada, a sus uñas rotas y sus ojos enrojecidos de no dormir. Cada vez que creía haber alcanzado el

ápice, la veía de nuevo y algo, siempre algo, estaba mal. No podía tolerarlo. El mármol era un espejo que

le devolvía su propia insuficiencia.

Pasaba horas arrodillado frente a ella, observando cada línea, cada curva, buscando una grieta, una

imperfección, un motivo para odiarla aún más. Cuando no lo encontraba, su rabia se dirigía hacia sí

mismo. Golpeaba su cabeza contra la pared, se arañaba la piel, dejando surcos que sangraban como ríos

en primavera. Si no puedo controlarme, al menos controlaré esto.

El mármol no le daba tregua. Por las noches, en la penumbra, la figura parecía moverse, burlándose de él.

En su mente febril, oía una voz: Nunca serás suficiente. Ese murmullo lo perseguía en sus sueños,

convirtiéndose en un clamor ensordecedor cuando despertaba. La perfección era su dios, y él era su

devoto más fanático, dispuesto a cualquier sacrificio, incluso el de su cordura.

Los días se confundían en un torbellino de golpes, gritos y silencio insoportable. Sus herramientas estaban

embebidas de sudor y sangre. La sala era un campo de batalla donde la guerra era contra él mismo, donde

cada fragmento de mármol arrancado era un pedazo de su alma.

Una noche, el delirio alcanzó su clímax. No podía soportar más. Los reflejos de la estatua lo asediaban

como fantasmas. La perfección lo devoraba desde dentro, y su mente, al borde del colapso, se fracturó.

Con un alarido que parecía provenir de las entrañas de la tierra, tomó el cincel y lo hundió en el mármol

con una fuerza descomunal.

Los golpes resonaban como campanas fúnebres. Era una masacre. Cada pedazo que caía al suelo lo hacía

reír y llorar al mismo tiempo. Su risa era la de un hombre perdido, una carcajada que rebotaba en las

paredes y se apagaba en sollozos desgarradores.

Cuando el polvo se asentó, él cayó de rodillas. Frente a él, donde antes había una estatua impecable, ahora

había una figura sencilla, inacabada. Las líneas eran irregulares, los bordes ásperos, pero por primera vez,

el mármol no lo miraba con desprecio.

La figura era imperfecta, pero estaba viva.

El escultor, cubierto de sangre, sudor y polvo, dejó caer las herramientas. Sus manos destrozadas trazaron

el contorno de la figura. Sintió algo que no podía nombrar, algo que había olvidado en su lucha insana por

la perfección.

Humanidad.

-B

No, no, no. Esto no es lo que quiero. Cada palabra que dejo en este papel es una huella. ¿Será la huella

correcta? ¿Será esta la mejor huella? La duda nunca se va, siempre presente.

No, no es la huella correcta.

Aquella noche, contaré esa.

Esa noche, mi cuerpo era un cuarto sin cerrojos,

y alguien entró.

Las paredes escucharon lo que yo no pude gritar,

el aire se rompió, y el silencio

fue un testigo indiferente.

Yo, que apenas entendía la fragilidad,

me convertí en una extensión del vacío.

No pude detenerlo.

No pude detenerme.

Desde entonces, aprendí a construir prisiones

con mis propias manos.

El control es mi arma, mi escudo,

mi condena.

Cada día, trazo fronteras en mi piel,

con reglas que nadie puede quebrantar.

Me aferro a las horas,

a los segundos, a los suspiros,

porque si no soy quien dicta el ritmo,

el caos volverá a tocarme,

a desbordarme,

a arrancarme de mí misma.

Pinto mis días con la precisión de un cirujano,

cada paso medido, cada palabra ensayada.

Pero el recuerdo regresa como un cuchillo sin filo,

atorado entre mis costillas,

susurrando que fui débil,

que fui nada.

Ahora, soy tirana de mi reflejo,

no permito errores, no concedo treguas.

Castigo cualquier fisura en mi máscara,

cualquier grieta que deje entrar la duda

o el eco de aquella noche.

El mundo se reduce a lo que puedo controlar,

a lo que no puede lastimarme.

Porque si no soy yo quien lleva las riendas,

¿quién evitará que vuelva a ser un cuarto abierto,

una sombra rota en la esquina?

Y aunque mi dominio sea mi cárcel,

prefiero esta tiranía

a la incertidumbre de sentirme vulnerable.

Prefiero ser el dictador de lo irremediable,

que otra vez,

-B

Carajo. ¿Por qué siento que nunca es suficiente? ¿Por qué, cuando miro estas palabras, siento que

siempre hay algo más que podría hacer para mejorar? Lo que escribo nunca me satisface, y la obsesión

por controlarlo todo sigue creciendo.

No hay líneas torcidas en mi mundo.

Dibujo con precisión milimétrica,

cada trazo recto,

cada esquina cerrada.

Pero nada encaja,

porque el vacío no tiene forma.

Mi espejo me devuelve promesas rotas:

"No es suficiente",

"No eres suficiente".

Y yo, creyente de este dogma cruel,

me entrego al altar de la perfección.

Moldeo mi vida con manos que tiemblan,

pero las grietas siempre me traicionan.

La piel que habito no es digna,

mi mente, un campo de batalla,

mi alma, un borrador que nunca se termina.

Cada meta cumplida se convierte

en una cima que no logro conquistar.

El horizonte se aleja con cada paso,

y yo corro,

corro con los pulmones vacíos

y las piernas hechas cenizas.

No hay descanso,

solo una voz insaciable

que exige más:

más esfuerzo, más logros, más control,

más de mí,

aunque ya no quede nada.

Me exijo hasta desangrar,

como si el dolor pudiera llenar

los huecos que él dejó,

como si mi perfección pudiera

redibujar el mapa de su amor perdido.

Pero no hay final,

no hay línea que cierre el círculo,

ni aplauso que calme el eco

de mis propias condenas.

Yo soy mi propia carcelera,

mi juez más severo.

Y aunque deseo soltar las cadenas,

temo el vacío que quedará

si dejo de intentar ser

todo lo que nunca he sido.

-B

Cada historia escrita es solo un reflejo de lo que podría haber sido. Pero no. No puedo. Y aquí estoy,

repitiendo, editando, corrigiendo, buscando lo imposible. ¿Qué más puedo hacer?, solo reescribir.

Había una vez, un ser atrapado en su propia geografía, en una casa construida por las reglas de otro. Las

paredes eran de cálculos perfectos, y el suelo, una línea recta que no admitía desviaciones. La vida se

extendía como un vasto terreno de arena, que se desmoronaba entre sus dedos cada vez que intentaba

sostenerla. Las grietas, invisibles a los ojos ajenos, eran el verdadero paisaje que habitaba su ser.

Desde el primer suspiro, su mundo fue hecho de expectativas. Cada paso debía ser firme, cada

pensamiento medido. Era una máquina sin ruido, cuyo único propósito era avanzar, avanzar hasta

alcanzar lo inalcanzable. La perfección no era un deseo, sino un mandato. Y así, con cada respiración, con

cada pulsación, construía su vida como un arquitecto obsesionado con las líneas rectas, con las formas

impecables, con las alturas exactas. No podía permitirse el error, porque el error no existía en su universo.

Y si alguna vez el error tocaba la puerta, él lo apresaba, lo aniquilaba con su propia culpa, reescribiendo

las reglas para que todo volviera a ser adecuado, exacto, perfecto.

Pero había algo dentro de él, algo oscuro que nunca desaparecía, que lo acechaba en cada rincón de su

mente. Un nudo de caos. Algo fuera de control. Y cuando ese algo comenzaba a despertar, se convertía en

un mar salvaje, una ola gigantesca que subía y subía hasta ahogarlo, hasta llevarlo a la orilla de la locura.

La marea nunca se detendría, nunca se calmaría. El agua le subía hasta la garganta, y aunque podía ver su

reflejo en el agua turbia, no podía entender lo que veía. Había algo en su rostro que no podía reconocer.

Algo imperfecto. Algo no calculado. El mar le decía que no tenía control. El mar le decía que él era una

víctima, que era tan solo un náufrago a merced de la tormenta.

Pero no podía rendirse. No podía dejar que esa tormenta lo tragara. Así que tomaba la arena, con las

manos temblorosas, y la apretaba con fuerza, porque si podía controlar cada grano, si podía hacer que

cada grano de arena permaneciera en su lugar, entonces la tormenta no podría alcanzarlo. Si podía ser

perfecto, si podía tener la perfección bajo su dominio, entonces la tormenta se calmaría, entonces el caos

no podría entrar.

Cada día era una lucha interminable. Se obligaba a sí mismo a ser más, a ser mejor, a ser la versión

perfecta que nadie esperaba, pero que él sentía que debía ser. En sus noches más oscuras, cuando la luna

ya no iluminaba, cuando las estrellas se apagaban, lo único que quedaba era su reflejo en el espejo roto. Y

en el cristal fragmentado, veía la imagen de alguien que no podía ser salvado, que no podía ser arreglado.

Los bordes de su rostro estaban llenos de cicatrices que no podía borrar, de huellas de algo que ya no

podía controlar, de algo que se le escapaba. Pero aún así, insistía. Cada día, su piel se desbordaba, su alma

se desmoronaba, pero él seguía reconstruyéndose, reconstruyéndose como si pudiera salvar algo que ya

no existía.

El reloj de arena se vaciaba.

La arena caía, cada vez más rápido, cada vez más imparable.

Y aún así, él seguía apretando los granos entre los dedos,

sin entender que cuanto más los apretaba, más se escapaban.

El control nunca llegaría. La perfección no existía. Pero la necesidad de control, esa fuerza inhumana que

lo empujaba, no podía ser detenida. Nadie podía salvarlo. Nadie podía detener su marcha hacia la

destrucción, hacia el vacío. La tormenta estaba en su interior. El mar siempre lo ahogaría.

Y aún así, con cada respiro, se construía.

Con cada paso, se destruía.

Un ciclo que nunca terminaría.

Porque para él, la perfección era un destino, y el control, la única salvación. Pero en el fondo, sabía que

estaba atrapado en un laberinto sin salida, donde la única forma de sobrevivir era seguir corriendo hacia el

abismo, hasta que todo se desmoronara, hasta que ya no quedara nada que salvar.

-B

Cada historia escrita es solo un reflejo de lo que podría haber sido. Pero no. No puedo dejarlo ir. Lo he

terminado. Pero en realidad nunca se termina. Nada está nunca completo, porque soy humano, y ser

humano es habitar la imperfección. Camino sobre una cuerda floja, tensada entre lo incierto y el anhelo

de control. Cada paso es una apuesta, un equilibrio fugaz entre el vacío y la comodidad, entre lo que

puedo controlar y lo que inevitablemente se escapa. Pero incluso en esta danza precaria, yo, sigo

escribiendo esto, buscando que te guste el cuento,

sabiendo que sigo buscando algo que no existe.

-B

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