El peso de la rutina by Emiliana

 Lina despertó, como todas las mañanas, al primer rayo de luz que se filtraba por la cortina. No fue la

luz lo que la despertó, sino el tic que su mente había registrado hace mucho tiempo: el día siempre

comenzaba con la alarma a las 4am. No había margen para el error. Si se levantaba tarde, algo

terrible podría suceder. Podía ser un pequeño incidente, una caída tonta, una palabra hiriente, una

mirada perdida, pero no importaba, su mente no le permitía arriesgarse.

Con cuidado, se sentó en la cama y a las 4:00 en punto, una ola de alivio recorrió su cuerpo. Era el

inicio de otro día perfecto. Sonrió, aunque solo ella sabía que esa sonrisa era el reflejo de una lucha

interna, una que había librado durante años.

Se dirigió al baño sin mirar hacia atrás, cada paso calculado y cada movimiento encadenado a su

ritual. La luz del espejo la saludó de manera impersonal, pero a Lina no le importaba. La rutina lo era

todo. Mientras se cepillaba los dientes, se sumía en el mismo pensamiento de siempre: “Hoy será el

peor día de mi vida si no cumplo con cada cosa al pie de la letra”. Ya estaba acostumbrada a esa

sensación de peligro latente, esa constante amenaza que le susurraba al oído, diciéndole que algo

terrible acechaba si algo fallaba.

Después de un largo minuto frente al espejo, se dirigió a la cocina. El ritual del desayuno era uno de

los más importantes. Siempre dos huevos revueltos con jamón, y las rebanadas de pan

perfectamente untadas con mayonesa, hasta llegar al borde, sin dejar un centímetro de pan sin

cubrir. Si no lo hacía así, sabía que todo el día se desmoronaría como un castillo de naipes.

Sentó la mesa con minuciosa precisión, y al colocar su té caliente, observó la ventana abierta. Los

pájaros cantaban, como todos los días, en su sinfonía matutina. Sin dudarlo, Lina imitó su canto

mientras mordía el sandwich de huevo, siempre dejando el centro intacto para la gran mordida final,

esa que le otorgaba un extra de satisfacción.

—“Todo tiene que ser perfecto. Todo tiene que seguir su curso”, murmuró para sí misma, con la voz

de una persona convencida de que la perfección era lo único que la mantenía a salvo.

Cuando terminó, se levantó, con mucho cuidado de no dejar rastros en la mesa, y se dirigió hacia la

puerta. Un pensamiento fugaz cruzó su mente: ¿cerré bien la puerta? ¿Está el candado puesto?. De

inmediato, su corazón comenzó a latir más rápido. La puerta… el candado… el posible olvido.

Recordó cómo, la noche anterior, había dejado el candado ligeramente abierto. Pero no importaba,

pensó, tengo tiempo, siempre puedo revisar todo otra vez. Volvió sobre sus pasos, y con la cabeza

llena de dudas, verificó con precisión si la puerta estaba correctamente cerrada y el candado en su

lugar. Pero algo en su interior aún la inquietaba.

“¿Y si esta vez no es suficiente? ¿Y si olvido algo?”, pensó mientras empujaba la puerta hacia

afuera. Y fue entonces cuando, al girar la llave para cerrarla de nuevo, se detuvo un instante. Algo en

el aire cambió. Un leve crujido, un susurro en su mente que le decía que algo estaba mal. Pero no

pudo concentrarse en ello. La puerta cerró con fuerza, y se sintió aliviada así que salió de su casa, su

corazón golpeando cada vez más rápido. Su cabeza le decía que algo terrible iba a ocurrir. Y

entonces lo escuchó: el estruendo de un coche frenando. No pudo evitar girarse y ver cómo un auto

pasaba a toda velocidad y hacía un giro brusco para esquivar una bicicleta. Se quedó inmóvil,

mirando el caos en la calle, sin poder respirar. De repente, su mente hizo una conexión, como si una

fuerza invisible la hubiera alcanzado. Miró hacia su casa, el candado en la puerta, y una ola de

claridad la inundó: no había hecho nada mal. No había olvidado nada.

La obsesión, la compulsión, el miedo que siempre la acompañaban, le habían jugado una mala

pasada. Su mente había creado una historia de terror, una trama en la que un olvido tan simple como

no revisar el candado hubiese desatado un desastre. Pero no pasó nada. El mundo no se detuvo. La

puerta estaba cerrada, como siempre lo estaba. No había nada que temer.

Respiró hondo y sonrió por primera vez en mucho tiempo. Tal vez, su vida podría ser menos rígida,

menos controlada. Y aunque la compulsión siguiera acechando, Lina por fin comprendió que la

verdadera libertad estaba en permitir que el caos entrara, aunque fuera solo por un momento. Pero

eso sería otra historia. Hoy, al menos, había vencido a sus propios miedos.

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