Luminaria by Darinka

En el reino de Luminaria, donde el cielo siempre brillaba con luces danzantes, existía un

vasto jardín conocido como El Jardín de las Estrellas. Este no era un jardín común, pues

estaba lleno de flores que brillaban como pequeños soles, y cada flor representaba la

esencia de un ser vivo en el mundo. Cuando una flor florecía, nacía una vida. Cuando una

flor se marchitaba, esa vida partía hacia un lugar más allá de las montañas celestiales.

En el corazón de Luminaria vivía Alya, una joven aprendiz de la guardiana del jardín, Lira,

quien había cuidado de las flores por milenios. Alya amaba el jardín, pero también temía su

poder. Una tarde, mientras paseaba entre las flores, notó que una pequeña flor azul

comenzaba a perder su brillo. Alarmada, corrió hacia Lira.

—¿Qué ocurre con esta flor, maestra? —preguntó Alya con los ojos llenos de preocupación.

Lira, con su cabello plateado como la luz de la luna, sonrió con serenidad.

—Es el ciclo natural, querida Alya. Esta flor ha dado su luz al mundo durante muchos años.

Ahora, su brillo regresa al cielo para formar una nueva estrella.

Alya frunció el ceño.

—Pero si la flor se marchita, ¿qué pasará con la vida que representa? ¿Desaparecerá?

Lira negó con dulzura.

—No desaparece, sólo cambia. El alma de esa vida se transforma en luz, y esa luz guía a

los demás en la oscuridad.

Esa noche, Alya se quedó en el jardín, observando cómo la flor azul finalmente perdía su

brillo. Cuando lo hizo, un destello ascendió hacia el cielo, y una nueva estrella comenzó a

brillar entre las constelaciones. Sin embargo, la partida de la flor dejó un vacío en su

corazón.

Al día siguiente, Alya conoció a un misterioso ser llamado Nébul, un espíritu del viento que

solía vagar por los confines de Luminaria. Nébul llevaba un saco lleno de pétalos de flores

marchitas.

—¿Qué haces con esos pétalos? —preguntó Alya.

Nébul sonrió con un aire travieso.

—Recojo los recuerdos que las flores dejan atrás. Cada pétalo contiene las risas, lágrimas y

momentos de quienes han partido. Mi tarea es devolverlos al viento para que sus historias

nunca se pierdan.

Intrigada, Alya siguió a Nébul mientras dispersaba pétalos por el mundo. Dondequiera que

caían, inspiraban canciones, cuentos y sueños en las personas.

Con el tiempo, Alya comprendió la lección del Jardín de las Estrellas: la muerte no era un

fin, sino una transformación. Cada flor que marchitaba dejaba su esencia en el cielo,

guiando a los vivos y dejando recuerdos que florecían en formas nuevas.

Cuando Lira finalmente entregó a Alya el cuidado del jardín, la joven aceptó su destino con

gratitud. Sabía que, aunque las flores marchitaran, su luz jamás se apagaría, pues en cada

estrella, en cada pétalo al viento, seguía latiendo la magia de la vida.

Y así, Luminaria siguió iluminando el cielo, recordando a todos que la muerte es sólo el

inicio de un nuevo viaje entre las estrellas.

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