El multiverso by Gael
Diego nunca terminaba nada. Los libros de su
habitación siempre quedaban a medio leer, los
dibujos a medio trazar y las ideas que surgían
en su mente se convertían en humo antes de
poder darles forma. En clase, su mente era
como una pelota de ping-pong que iba de un
lado a otro. Escuchaba al profesor y, de
repente, se imaginaba cómo sería construir
una nave espacial; luego recordaba una
canción y de ahí pasaba a pensar en el perro
que había visto esa mañana. Al final de la
clase, tenía más ideas en la cabeza que
apuntes en su cuaderno.
Un día, la maestra pidió que cada alumno
escribiera un cuento. Diego se sentía
emocionado; finalmente podría poner en papel
todas las historias que su mente creaba.
Empezó con una frase sobre un dragón que
vivía en una montaña, pero, mientras escribía,
su mente se desvió hacia la historia de un niño
que quería volar. Más tarde, pensó en la
Atlántida llena de peces mágicos y luego en
una máquina del tiempo. Cuando terminó, su
“cuento” era un enredo de historias sin
acabar, personajes perdidos y escenarios que
cambiaban de un momento a otro. La maestra,
al leerlo, frunció el ceño, algo confundida.
Pero Diego sonrió, ese era su mundo.
Esa noche, le pidió a su mamá que leyera su
historia. Ella se tomó su tiempo, y cuando
terminó, lo miró y le dijo que era un poco difícil
de seguir pero es fascinante, como si todas las
historias del mundo se estuvieran contando a
la vez. Fue en ese momento que Diego entendió
que su manera de ver el mundo, aunque
complicada, tenía su propia magia. No era
como los demás, pero eso estaba bien. Él
llevaba en su mente un multivero, esperando a
ser descubierto.
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