La última página by Rashel

Emma siempre creyó en el destino, desde que era pequeña, su abuela le había dicho que las almas gemelas estaban predestinadas a encontrarse, que el amor verdadero era inevitable, como una fuerza cósmica que te atraía sin remedio hacia la persona indicada.

Lo conoció en la universidad durante una clase cualquiera. Él llegó tarde, buscando un asiento, y por alguna razón sus miradas se encontraron al instante, Emma sintió algo en ese momento, algo que no tenía que ver con las casualidades, sino con el destino. Desde ese día, empezó a ver signos por todas partes: se encontraban en la cafetería sin planearlo, coincidían en los pasillos, tantas cosas en común y cada conversación parecía fluir como si estuvieran leyendo las líneas de una historia ya escrita, todo le indicaba que su historia con Roberto no era un simple accidente, era su destino.

Los primeros meses fueron como un torbellino, se sentía viva de una manera que nunca había experimentado. Las peleas que tenían, intensas y apasionadas eran solo pruebas, pequeñas tormentas que el destino les ponía en el camino para hacerlos más fuertes, así lo creía Emma.

Pero con el tiempo, algo empezó a cambiar, Roberto se fue distanciando, sus palabras se volvieron más frías, sus mensajes más espaciados. Emma, cada vez más angustiada, intentaba encontrar respuestas en sus estudios, en los pacientes que escuchaba hablar sobre relaciones fallidas. Pero ninguna teoría parecía aplicarse a su propia vida, “Esto no es lo que el destino tenía preparado para nosotros”, se repetía a sí misma.

Una tarde, mientras caminaba hacia el café donde siempre se encontraban, sintió una presión en el pecho. Algo estaba mal, lo sabía. Ese día no sería como los otros.

Cuando llegó, Roberto ya estaba allí, mirando por la ventana con la expresión distante que se había vuelto habitual en él.

“Tenemos que hablar,” dijo Emma, aunque su voz temblaba.

Roberto la miró, y en sus ojos no encontró nada que le diera esperanza.

“Emma,” comenzó él, “creo que esto… ya no tiene sentido.”

El corazón de Emma se rompió en ese instante. Sintió que el aire le faltaba, pero intentó mantener la compostura ¿Cómo podía ser? Todo lo que había sentido, cada señal, cada coincidencia, ¿no significaba nada? Durante años había estado convencida de que su relación estaba escrita en las estrellas, que su destino era estar juntos, superar cualquier obstáculo, pero allí estaba, enfrentando una realidad que no comprendía: el destino, al que había confiado su corazón, la había abandonado.

“No puedo entenderlo, Roberto,” susurró ella con los ojos llenos de lágrimas. “Pensé que estábamos destinados a estar juntos.”

Roberto bajó la mirada, incapaz de sostener su tristeza. “Yo también lo creí en algún momento.” Se levantó y sin decir más se fue. Emma se quedó sola en el café, rodeada de mesas vacías y el eco de sus propias expectativas rotas. En la mesa, junto a su taza de café, dejó su viejo libro de Cumbres Borrascosas, abierto en la última página. Era su forma de despedirse de la idea que había mantenido viva durante tanto tiempo. El destino no la había traído a Leo. Se había engañado a sí misma todo ese tiempo

Esa noche, Emma comprendió algo más doloroso que cualquier ruptura, el destino no escribe las historias de amor y ella había sido la autora de su propia tragedia, creyendo en algo que nunca existió. El final tan triste como inevitable, no era un giro del destino era ella haciéndose falsas ilusiones.

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