Carta by Milán

 Estás más cerca de lo que crees, esmérate más, por ahora sírvete un café y disfruta de lo que

estás a punto de degustar.

Ahí estaba yo, sentado en la oscuridad de una habitación, rodeado de sombras que parecían

bailar sobre las paredes. Mi mente estaba llena de imágenes de él, aquel chico perfecto: guapo,

alto, con ojos que brillaban como rayos dorados de sol y sus pecas como estrellas en la noche. Mi

corazón latía con emoción al pensar en su sonrisa y en la forma en que su cabello caía sobre su

frente y se movía con su caminar.

Comencé a imaginarme con los ojos cerrados, desde la punta de sus pies hasta la coronilla de su

cabeza. Sus facciones son perfectas, bien definidas, con manos largas y uñas cortadas con

esmero. Sus piernas son fuertes y musculosas, con una forma definida que sugiere fuerza y

potencia. Su cintura es delgada, destacando su abdomen plano y marcado. Su pecho es ancho y

firme, con músculos que me incitan a tocar sobre él.

Mi mente se perdía en la perfección de su rostro, en la curva de sus labios, en la forma en que su

mirada penetraba mi alma. Era como si lo hubiera creado Dios mismo, como si fuera una obra de

arte. Pero había algo más en mi obsesión, algo que iba más allá de la admiración. Era una

necesidad de poseer, de controlar. Quería ser él, sentirme como él, moverme como él. Quería

sentir su calor, su tacto, simplemente saber que se siente ir por la calle y ver lo hermoso que es

ser él.

¡Él! ¡Él! ¡Él! Mirar aquel reflejo sobre mi piel.

Abrí los ojos, había un silencio estremecedor. En medio de la habitación, no me moví, y poco a

poco mi mirada se fijó en el cuerpo que yacía frente a mí, aquel chico descrito en mi mente: 

Estaba postrado como algún día lo percibí, sin poder moverse, sedado, dormido y completamente

desnudo.

Agarré un bisturí, no lo dudé, no lo pensé, y con una sonrisa de lado a lado, simplemente sonreí y

comencé a arrancarle la piel, capa tras capa, cuidadosamente sin lastimar el tejido que moldeaba

ese bello ser. La sangre brotaba, me salpicaba, y todo pasó de ser oscuro a verse de un color rojo

carmín. Terminé, aquellos trozos de piel, los estiré y sobre un maniquí los confeccioné con

una habilidad impresionante. Comencé a moldear, a crear, lo que veía era perfecto, un traje de

piel hecho a mi medida y un antifaz como si fuera una máscara.

Me desnudé, me puse el traje, miré mi reflejo en el mar de sangre. Aquel chico que anhelaba ser,

era yo, vestido con partes de él, con fragmentos de su piel y con cada parte delicadamente que

corté para convertir sus fragmentos de piel en mi propia piel.

Faltaba el antifaz, que era la parte final de lo que anhelaba ser. Limpié mi rostro, ligeramente

manchado de sangre, y coloqué la última parte, aquel antifaz que resaltó en mí todo lo que él

algún día fue.

—Ahora soy él— me reí, carcajeé y nuevamente lo miré. No podía creer lo que pude vivir y

hacer otra vez. Me reí fuerte otra vez, jugué contigo otra vez. Si tan bueno eres, te reto a

encontrarme y a averiguar si mi próximo movimiento será una víctima como él o serás tú en mi

mesa, degustándote o confeccionándote para vestirme nuevamente de piel.

Provecho, posdata: Damián Lecter.

MILAN

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